Choque de ideas

Fue un debate revelador. Tal vez el primer anticipo real de lo que será la campaña electoral, hasta ahora más caracterizada por una pugna de estrategias publicitarias e imágenes sonrientes, que por profundas disquisiciones ideológicas. Por un lado estaba el senador Couriel, señalado como principal asesor económico de José Mujica, y por otro el economista Javier de Haedo, que ocupara cargos de relevancia en el gobierno blanco, y que apoya a Jorge Larrañaga.

Un párrafo especial merece el medio en que se realizó el encuentro. No fue en TV abierta, sino en cable, en la señal de la intendencia de Montevideo. Una pena, ya que eso redujo el número de personas que pudo ver ese choque, muy representativo de las dos corrientes que lucharán por gobernar Uruguay. Y algo que muestra la escasa relevancia que la televisión abierta está dando a la política, con pocos programas y a horas prohibitivas. Está bien que a la gente le aburra un poco la política, pero hoy en día es más fácil saber la dieta de algún jugador de fútbol, o detalles de la vida sentimental de un travesti argentino, que lo que son las propuestas para el futuro del país.

Fue un debate correcto, pero duro. Couriel defendió la participación del Estado en la economía y que se haya aumentado el gasto público para mitigar los efectos sociales de la crisis del 2002. Apoyó la política oficial en favor de los sindicatos en negociaciones salariales, y no se privó de señalar que la actual política que se sigue en muchos países desarrollados para enfrentar la crisis, va en sintonía con la tradicional posición de su sector, de que el crecimiento es más importante que el equilibrio de las cuentas económicas.

De Haedo, por su parte, criticó al gobierno por no haber hecho ahorros en plena bonanza internacional, planteó que en Uruguay el Estado tiene una presencia tan grande que "ahoga" todo esfuerzo individual, atacó la política de apoyo irrestricto a los sindicatos, en desmedro de los empresarios, algo que traerá problemas en momentos de crisis. Y marcó que si EE.UU. se puede dar el lujo de resolver un problema de exceso de gasto pidiendo prestado más aun, es porque maneja el dólar a su antojo, y hay gente en todo el mundo que sigue prefiriendo invertir allí sus ahorros.

Ahora bien, durante todo el debate, sobrevolaron en las palabras de Couriel dos conceptos, dados por canónicos por los dirigentes de "izquierda" y que revelan un atraso preocupante en materia ideológica.

El primero tiene que ver con la intervención del Estado para "equilibrar" la pugna entre capital y trabajo. Esta idea, originada en el concepto de lucha de clases marxista, está hoy en decadencia. La tendencia actual en materia de relación entre empresarios y trabajadores es más al esfuerzo conjunto para lograr éxitos en común, que a una pugna permanente para ver quién saca un peso más. Como ejemplo de esto, basta mirar la lista de las mejores empresas para trabajar en el mundo (que se publica en revistas especializadas como Fortune), para darse cuenta que quienes ofrecen mejores sueldos y condiciones a sus empleados, son los mismos que figuran en el ranking de mayores ganancias. Está bien que en Uruguay todavía estamos lejos en eso, pero no se puede organizar una política laboral mirando siempre para atrás.

El otro punto que Couriel, así como muchos de sus correligionarios, no dejan de repetir como verdad absoluta es que su sector es el único que se preocupa por los más pobres. Hasta el tono en que lo dicen, relamido y pagado de sí mismo, resulta chocante. Alguien debería decir de una buena vez, que en este país nadie quiere que haya pobres. Que la política en Uruguay es una actividad exigente y que deja poca retribución. Y que si alguien se mete en el "barrial" que algunos han convertido esta noble actividad es justamente porque está preocupado por influir en las políticas públicas para que el país sea mejor para todos.

Entonces es hora de que quienes se autoerigen en defensores excluyentes de los humildes asuman que nadie quiere un Uruguay partido socialmente, o con insultantes bolsones de pobreza. Que todos queremos un país equilibrado, con igualdad de oportunidades. La única diferencia es el camino a elegir para lograr este objetivo. Y quienes como Couriel comparten largas horas en las cámaras con colegas de otras tiendas políticas saben que es así. Seguir alentando estas concepciones de enfrentamiento es una hipocresía barata que conspira contra los grandes acuerdos que hacen falta para sacar el país adelante.

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