Reelecciones

La fiebre reeleccionista que hasta hace poco rondaba en Uruguay, hace presa de América Latina siguiendo el modelo del presidente venezolano Hugo Chávez. Sus más aventajados acólitos, Evo Morales (Bolivia) y Rafael Correa (Ecuador), están embarcados en complejos procesos de reforma constitucional destinados a habilitarlos para que sigan empuñando el bastón de mando. Otros presidentes americanos amagan con lanzarse por la misma senda. El caso más notable es el de Álvaro Uribe (Colombia) un presidente popular en su país que podría aceptar la propuesta de sus partidarios de postularse para un tercer mandato consecutivo, previa reforma constitucional.

Ante esta ola que sacude a la región cabe preguntarse por qué la Constitución de cada uno de esos países cierra el camino a la continuidad de una persona en el ejercicio del poder. La explicación es simple. La democracia, como escribe Giovanni Sartori, florece con la rotación en los cargos de gobierno y se debilita con la permanencia de las mismas personas en las máximas posiciones. Este principio es tan fácil de entender que no necesita demostración. Países de raigambre democrática como Estados Unidos, que durante una larga fase de su existencia aceptaron la reelección presidencial indefinida, terminaron vedándola como reacción ante el récord logrado por Franklin Delano Roosevelt que ganó cuatro elecciones consecutivas. A partir de Roosevelt, en ese país se acepta sólo la opción del presidente por un segundo período de gobierno.

Aparte de los recientes -y felizmente fallidos- intentos por impulsar la reelección de Tabaré Vázquez, nuestro país tiene el antecedente de la postulación de Jorge Pacheco Areco para seguir al frente del gobierno, que no alcanzó a reunir las votos necesarios para una reforma de la Carta en las elecciones de 1971. Los sucesos que rodearon aquellas elecciones con un presidente y a la vez candidato, celebradas, es cierto, en un ambiente de crispación y radicalismo, demostraron la inconveniencia del plan reeleccionista.

Uruguay extrajo de aquella experiencia lo suficiente como para no repetirla, una lección que otros países aprenderán en carne propia.

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