El gran objetivo

Algunos dicen que la candidatura presidencial de José Mujica para la Presidencia de la República es un hecho. Para otros Astori todavía corre esta carrera, no por sus méritos, sino porque el candidato oficial no pasa un día sin cometer un error. Esta realidad sugiere mucha cosas.

En primer lugar, quienes creen que Mujica es un gran político se equivocan. Su candidatura es el símbolo de la degradación de valores cívicos que está sufriendo el segmento social que lo apoya. Su actuación, como Senador o como Ministro, no ha podido ser más opaca, pero es un encantador de serpientes que encandila a algunos por la desprolijidad de su imagen, de su lenguaje, calificado con acierto en esta misma página como "intestinal". Y hace pensar sobre lo mal contada que está la historia del país que realza las condiciones para ser primer mandatario de quien se alzó en armas contra las instituciones para imponer una dictadura al estilo cubano, quien tuvo responsabilidad en hurtos, secuestros, asesinatos a inocentes, y ejecuciones con balazos en la nuca a indefensos puestos de rodillas ante sus verdugos. Con eso y un discurso intencionalmente chabacano y a la vez agresivo, aun mostrándose como es, a Mujica le alcanza para llevar una ventaja considerable al resto de los precandidatos oficialistas, lo que está demostrando que no bien se profundice la capa de superficialidad de sus presentaciones, la izquierda no tiene gente apta para gobernar. No tiene nada, al punto que hasta los competidores de Mujica que ahora recuerdan su falta de ideas democráticas, dicen -cuidado, dicen- que lo van a votar si gana la primaria. Todo un ejemplo de lo que se puede esperar.

Carámbula llegó hace muy poco. Pareció ser una carta sacada de la manga por el propio Presidente -no es casual que lo apoyen justamente los Ministros que querían la violación constitucional que traía consigo la reelección- sea para intentar levantar un nivel que Astori -por ahora- no puede o para dejar armada la fórmula presidencial eyectando de la misma al ex Ministro de Economía.

Más pulido que Mujica y nada más que eso, Astori tampoco tiene méritos. Fue el gran responsable de una reforma tributaria cuya única finalidad fue terminar con la clase media por vía de la igualación social hacia abajo, transformando en mentirosa la machacona prédica presidencial que "pagarán más los que tienen más y menos los que tienen menos". Se cavó la fosa. Carece de condiciones naturales para atraer simpatías. La gente lo rechaza. Y con razón le perdió confianza. También castigó a las pasividades con tasas similares a los sueldos de actividad y agravió al Fiscal de Corte porque consideró inconstitucional el IRPF a los jubilados. Es el gran responsable de un gasto público desmesurado, que le impedirá al país, que durante siete años exportó a precios excepcionales, tener recursos para afrontar los tiempos difíciles que se avecinan. En contrapartida, Chile cuenta con un bolsón de US$ 25.000 millones ahorrados en los tiempos de bonanza.

La candidatura de Mujica además es peligrosa. Está buscando alianzas internacionales con gobiernos de izquierda populistas, como los de Chávez, Morales, y Correa, que ya lo proclamó como el líder del cambio al que integrará, con sus países a Uruguay. Para ello no vacila en dar muestras de sumisión hasta con el matrimonio gobernante en Argentina. Es comensal habitual en Olivos, adonde concurre para pedir facilidades al voto de uruguayos residentes. No es un disparate pensar que también recibe otras ayudas.

Habla de cualquier cosa con ligereza rayana en la inconsciencia sin tener idea de lo que dice y de lo que transmite, como la modificación del secreto bancario y la nacionalización de la banca.

Es además candidato de confrontación, cree en la lucha de clases, incita a la gente a odiarse entre sí según el lugar en donde vivan. Cuesta creerlo, pero es así.

El proceso electoral en curso, es crucial. Aquí hay un solo objetivo primario y fundamental: hay que sacar a esta gente del gobierno. A todos. Esa es tarea de todos los partidos de oposición. Eso es lo que el país les pide. Lo demás, sus internas, sus diferencias, sus discrepancias, no es nada en comparación con la necesidad de restablecer la cordura en el ejercicio del poder. Y eso sí, con la lección bien aprendida. Esto no vino porque sí.

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