Aníbal Durán Hontou
Me voy a apoyar en mi amigo Enrique Baliño, ingeniero industrial, gerente general de IBM aquí y en otros lugares del mundo. Se desvinculó de la empresa para volverse a nuestro país y aportar para el mismo. Hoy tiene una consultora; asesora empresas, empresarios y da charlas. Hombre de vastísima experiencia, conocedor de los países a los cuales les ha ido bien.
Me decía Baliño que IBM lo preparó 12 años antes de nombrarlo gerente general en el Uruguay. Dicha preparación consistió en asistencia a cursos en nuestro país y en el mundo (a las mejores universidades de USA), asistencia a conferencias y sobre todo "la paliza diaria" (como Baliño lo transmite) en una industria muy competitiva, dentro de una empresa llena de recursos para desarrollar gerentes y líderes. Recién después de un larguísimo periplo el Ing. Baliño accedió a la gerencia general.
No puedo menos que extrapolar esta experiencia a nuestro país y constato cómo es el criterio para nombrar a los directorios de nuestras empresas públicas o si Uds. prefieren, a los ministros de Estado. Y seguramente la perplejidad que a mí me invadió, tal vez sea la suya, estimado lector, en este momento. La sorpresa no deriva de que sea un acontecimiento desconocido para nosotros, sino por la confirmación (una vez más) del amateurismo con el cual nos manejamos. Y el sayo les cabe a todos.
El término no lucirá muy ortodoxo, pero refleja la realidad que es ingrata, chabacana, indecorosa. ¿Con qué rigor los gobiernos de turno eligen a los directores de las empresas públicas? ¿Qué profesionalismo se les exige? ¿Se corrobora la idoneidad de los nombrados directores para desempeñar el cargo? ¿Se sabe si han manejado empresas anteriormente? ¿Existe algún atisbo de seriedad en todo esto? Porque estamos hablando de la dirección de las empresas del Estado (de las nuestras, como gusta decirse), que significa liderar las mismas, gestionarlas, asumir responsabilidades de extrema importancia.
Es válido interrogar ¿cómo puede designarse al frente de estas empresas a ciudadanos que nunca manejaron ni siquiera un bazar o un kiosco (dicho esto sin ningún ánimo peyorativo)? O aún peor: nunca tuvieron la responsabilidad de gerenciar un equipo de dos personas en ninguna empresa y aquí tienen que lidiar con miles de funcionarios públicos. Es vital aportar gestión, liderazgo, aspectos en los cuales el Uruguay tiene una gran carencia. Se entiende que muchas veces se nombra para el directorio de una empresa pública (como presidente o director) a algún ciudadano que postulado para un cargo legislativo no obtuvo el mismo, entonces se le "gratifica" con la dirección de la empresa. Esta forma de actuar, revela otro signo inequívoco de que estamos en las antípodas del desarrollo y manifiesta también un problema cultural gravísimo. Dice el autor Max Scheller que cultura es la capacidad adquirida de hacer en cada circunstancia lo más adecuado. Esto revela lo opuesto a la cultura. Como me decía Baliño, el ser gerente/ejecutivo es una disciplina profesional que debe aprenderse y ello va también para los directores de las empresas públicas. Peter Drucker escribió en cierta ocasión: "Creemos que gran parte de la incapacidad de Latinoamérica para crear progreso económico y social se debe a un déficit de habilidades gerenciales en la empresa, la política, la sociedad. Y agregaba que esta sociedad no es subdesarrollada, sino subadministrada. Tal vez sea un lugar común pero es rigurosamente cierto: hay que apostar a la excelencia y mucho más en el mundo competitivo en el que vivimos hoy.
En el manejo de las empresas públicas (como en la educación) es perentorio cambiar la forma de proceder, se debe ser riguroso con los nombramientos, estrictos y probos con los procedimientos. El fin es mejorar a los mejores y darles las responsabilidades que competan. Este procedimiento no debería objetarse por nadie, tal vez lo vituperen aquellos para quienes la mediocridad universal es un precio que vale la pena pagar para obtener igualdad social.
Es de sentido común; la democracia no debería intentar reducir a las personas y sus logros a un común denominador; debería proponer elevarlas, ambiciosa y pujantemente, lo más cerca posible del ideal.
Y esto significa, entre otros aspectos, poseer instituciones, poseer empresas públicas que sean dirigidas con la profesionalidad que exigen los tiempos que vivimos.
Ya no hay margen para aceptar otros criterios, regidos por la mezquindad y el desapego a los intereses nacionales.