La calidad de vida se mide a través de los factores básicos que atienden a las necesidades humanas, desde el trabajo y la vivienda hasta la educación y la salud, sin olvidar el arco de libertades, derechos y garantías capaces de amparar a una sociedad. Pero a todos esos respaldos debería agregarse la cultura, entendida como el conjunto de actividades artísticas que enriquecen de manera múltiple la marcha comunitaria y que diferencian a los países civilizados de los agrupamientos donde sólo se contemplan las urgencias elementales. A través de la cultura el individuo se sensibiliza, descubre fuentes de gozo estético y márgenes de admiración que ni sospechaba, aprende a conocer el prodigioso mecanismo de la creación, experimenta la alegría de compartir muchas formas de belleza y armonía, ejercita el respeto por el talento y comprueba que la vida en común no consiste solamente en comer y dormir. De esa manera, quizá sin saberlo, ingresa a otra escala de valores que lo ennoblecen y se relacionan por cierto con la dignidad personal y el beneficio social a través de lo cual un país mejora su presente y afianza su futuro.
Enfrentar el desafío de la cultura en los campos de la música, el teatro, las letras, el cine, la plástica o la danza, significa encarar los requerimientos de un contacto fecundador y permanente con los mejores productos de esas áreas, donde todo es complementario y nada es excluyente. Últimamente se ha prestado particular atención -sobre todo a nivel oficial- a la divulgación de ciertos géneros populares, que son tan estimables como cualquier otro para satisfacer las apetencias del público, pero en estos terrenos -como en todo lo demás- conviene empezar por los géneros mayores, los que se han fortalecido a través de la historia, el desarrollo secular y las tradiciones heredadas, de la misma manera en que Pablo Picasso (por ejemplo) aprendió a dibujar como Ingres antes de atreverse a la deformación de la imagen o incursionar en la libertad de la línea. Hablar entonces de cultura implica reconocer la importancia decisiva y el alimento básico de la música académica, el teatro universal, las letras consagradas, el cine arte, la plástica de los grandes maestros o la danza clásica y moderna en sus expresiones trascendentes, porque sólo a partir de allí puede desenvolverse todo el resto.
Reflexionar un poco sobre esos temas parece oportuno en este año electoral, porque en las campañas que ahora se emprenden se habla mucho de política, de economía, de salud pública, del agro, de la enseñanza, la seguridad ciudadana o el deporte, pero se habla muy poco -y a veces nada- de la cultura, como si se tratara de un apéndice de esos rubros, un elemento ornamental, una categoría prescindente a la que en el mejor de los casos se le dedica una convocatoria que se parece más a una excusa que a un verdadero compromiso, cuando la materia cultural exige (y merece) un tratamiento constante, similar al de cualquier otro asunto de primer orden. Durante las décadas de oro de la vida cultural de este país, que fueron los años 40, los 50 y hasta los 60, el formidable intercambio que recibió Montevideo con la visita de notables orquestas, eminentes compañías teatrales, festivales cinematográficos de variado género, muestras de las mayores celebridades del arte visual y escalas de figuras mundiales de la danza, produjo una generación de uruguayos vinculados con el resto del mundo y capaces de elaborar valiosos puntos de referencia para reconocer la calidad y la hermosura.
Luego vinieron otras décadas en que aquella apertura se interrumpió bajo el peso de la crisis que en tantos órdenes afectó al país, y así Montevideo fue cerrándose y perdiendo los viejos puentes de acceso al intercambio del que había disfrutado privilegiadamente. Pero esa clausura es lo que debería superarse cuanto antes, redoblando el desafío para que esta sociedad vuelva a ser integradora, abierta y permeable como lo fue alguna vez, abasteciéndose de las fuentes más ricas en materia artística, las que sólo se alcanzan a través de un contacto persistente, calificado y debidamente planificado con el resto del mundo. Para ello se necesitan recursos y agentes culturales de primer orden, es decir una verdadera política al respecto. Mientras la clase dirigente no lo entienda así, esta ciudad y el país que la rodea seguirán empobreciéndose bajo la tendencia de los últimos tiempos: un declive provinciano y un espíritu pueblerino cuyas cortedades y aislamientos no son buenos para nadie.