Rescatar la docencia

PABLO DA SILVEIRA

Las autoridades educativas acaban de publicar los resultados de un censo realizado a más de 40 mil docentes. No es la primera vez que se hace y es bueno que se repita, pero el documento difundido trae algunas noticias abrumadoras. No sólo la inmensa mayoría de nuestros docentes se queja de sus salarios. Además, el 60% está insatisfecho con sus posibilidades de desarrollo profesional y el 66% (dos de cada tres) está insatisfecho con el reconocimiento social de su tarea.

Los últimos dos datos son más preocupantes que el primero. La insatisfacción salarial es sin duda un problema, pero al menos sabemos que se arregla con plata. En cambio, el estancamiento profesional de decenas de miles de personas y el insuficiente reconocimiento por parte de la sociedad no tienen soluciones sencillas. Es posible, desde luego, que casi todos nuestros docentes sean unos quejosos compulsivos. Pero es poco probable que decenas de miles de personas sufran una misma patología, y muchos datos sugieren que sus sentimientos tienen una base sólida.

Los sociólogos enseñan que una profesión es valorada y ofrece oportunidades a sus miembros cuando se verifican tres condiciones. Primero, es relativamente fácil comparar los resultados del trabajo de un profesional con los de otro. Segundo, es posible optar entre profesionales a partir de esas comparaciones. Tercero, el prestigio y los ingresos de un profesional tienden a aumentar a medida que más gente lo prefiere. Así son las cosas entre los profesionales universitarios y entre quienes practican oficios. Para decirlo en breve, así son las cosas entre médicos y carpinteros.

Pero el centralismo pedagógico nos asegura que nada de esto ocurrirá en el caso de los docentes. El sistema de programas uniformiza los métodos de enseñanza y el uso del tiempo pedagógico, de modo que los docentes más esforzados y creativos no tienen muchas maneras de diferenciarse de los más adocenados. Esta imposibilidad termina desmotivando a muchos, sobre todo cuando se prolonga en el tiempo.

Si, pese a la falta de autonomía profesional, algunos docentes consiguen mantener una actitud constructiva y estimular a sus alumnos, eso no les dará más oportunidades profesionales. Aunque los padres lo perciban, no podrán elegirlos para sus hijos mientras permanezcan en el sector público. Y si por alguna razón consiguen hacerlo, eso no tendrá casi ningún impacto sobre el nivel de ingresos ni sobre sus perspectivas laborales. La antigüedad, el solo hecho de durar, sigue siendo el principal criterio para definir los ascensos y distribuir las mejoras funcionales.

Albert Shanker, un mítico dirigente sindical de la enseñanza pública estadounidense, dijo una frase que se aplica a nuestro país sin necesidad de adaptaciones: "la enseñanza es el único lugar donde, si usted hace las cosas mal no pasa nada, y si usted hace las cosas bien tampoco pasa nada". Por más genuina que sea nuestra voluntad de dignificar la función docente y dar oportunidades a quienes la ejercen, difícilmente podamos hacerlo en estas condiciones. Y mientras no consigamos hacerlo, es poco probable que ellos puedan sentirse satisfechos.

El único camino para cambiar esta situación es tratar a los docentes como auténticos profesionales.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar