Antonio Mercader
Con aciertos y errores, José Mujica inició el paso hacia la asunción del gobierno. Sus aciertos son de política local tales como recibir, raudo, a los líderes de la oposición, hacer consultas sin reparar en colores políticos, priorizar la reforma del Estado y la educación, e integrar su gabinete en tiempo récord. Sus errores, en cambio, discurren más bien en el campo internacional, entre ellos su apresurada presión sobre Stora Enso para evitar su instalación en Fray Bentos y su apoyo a la osadía de Lula de recibir al presidente de Irán.
Sorprende su dinamismo. Es como si quisiera anticipar la tónica de su gobierno: rapidez y capacidad de improvisar, con los riesgos de equivocarse que ello implica. Como pragmático que es debiera recordar que, si en el plano local los errores son enmendables, no es igual en política exterior en donde dichos y hechos pueden acarrear daños irreversibles.
Lo de Stora Enso, por ejemplo. ¿Qué hubiera costado sopesar primero las razones que tenía esa empresa para elegir la vieja sede de Ence, junto a Fray Bentos, y dilatar la resolución final? Entre otras ventajas, una actitud más cautelosa le hubiera permitido obtener otros elementos de juicio y hasta usar el cambio de ubicación de Stora Enso en el regateo con Argentina por Botnia y los piquetes en el puente. Una lástima.
Del mismo modo, Mujica se precipitó al decirle al diario Folha de Sao Paulo que "me pareció genial" que Lula acogiera en Brasilia a Mahmoud Amadinejad, el presidente de Irán, negador del Holocausto del pueblo judío, el hombre que reprime a sangre y fuego a la oposición interna y mantiene en vilo al mundo con su amenaza nuclear. Los posibles dividendos que tal actitud pudiera reportar respecto a Brasil se neutralizan por la condena internacional al gobierno de Teherán. Un estigma que a la larga alcanzará a sus aliados.
Entretanto, en política interior el presidente electo es más precavido. Sus tendencias a hablar con todos así como a poner el acento en la educación, resultan ponderables. Su fijación inicial es la reforma del Estado, aquella que Vázquez declaró la madre de todas las reformas, pero que no parió ni siquiera un ratoncito. Aunque Mujica asegura que la reforma será incruenta, que no habrá cesantes ni baja salarial ni redistribuciones al barrer, se olfatea el recelo en los gremios. Resta por ver qué sobrevivirá del alabado modelo neocelandés.
La pretensión de marcar la prioridad de reformar el Estado fue ostensible en su visita al Pit-Cnt, una central sustentada por los funcionarios públicos y con una descarada influencia del partido comunista. Un partido aliado al MPP en la campaña electoral y presunto dueño de la llave que abre el paso a la reforma. Empero, la primera reacción de los jefes de la central obrera mostró más prevención que entusiasmo.
Mientras resulta evidente la capacidad de Mujica para encontrar interlocutores a su derecha, la duda es si podrá hallarlos en la izquierda sindical en donde se requieren líderes capaces de desmontar su propia máquina, resueltos a nadar contra la corriente con la audacia reformista digna del espíritu de un Gorbachov.
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