Javier García
La renovación es también que los políticos concreten sus coincidencias. Inventar diferencias o buscar el perfil distinto para impedir lo que otros proponen es parte de la vieja forma de hacer política.
Recientes estudios de opinión pública demuestran que el tema de mayor inquietud entre los uruguayos es la educación. Tenemos, mal que nos pese, una mala educación y una peor en el sector público. Nuestros ejemplos de buen nivel educativo no compiten con los más bajos del mundo desarrollado.
Esto es lo que condena al Uruguay a no despegar en términos que puedan compararse con el resto del mundo. Que andamos un poco mejor que otros en la región, no es buen consuelo. También estamos peor que muchos.
El debate se ha dado sobre quién manda en el sistema educativo y eso es lo que se plasmó en la ley que se votó y regirá a partir de marzo, por desgracia. Mandar y tener poder sobre un sistema empobrecido en calidad no es tampoco un gran mérito, pero en todo caso lo único que va a hacer es perpetuar la decadencia.
El presidente electo se ha mostrado proclive a jerarquizar el debate sobre la ciencia y la educación. Tiene, para ello, un impedimento de base y es que su sostén político está integrado por quienes dieron la lucha para quedarse con un poder corporativo que se plasmó en esta ley. O elige por sus compañeros o lo hace por la modernización y una revolución de calidad y equidad en la educación.
Un ejemplo es la Universidad de la República. Allí va a tener un escollo grande para cambiar.
En marzo de 2007 presentamos un proyecto de ley que respaldó toda la bancada nacionalista para crear una segunda Universidad pública cuya sede debe estar en el interior del país. Apunta a agregar justicia en el acceso a la enseñanza superior. Habría, además, una sana competencia educativa en el sector público; es novedoso porque además el Estado rompe su propio monopolio.
Este proyecto tiene su enemigo principal en la Universidad de la República que no quiere perder espacios de poder. El discurso de izquierda sobre la igualdad y la equidad le sirve pero cuando es de sus puertas hacia afuera. Si la igualdad entre estudiantes de Montevideo e interior es a costa de perder poder, entonces está del lado de la centralización.
Pensar solo en duplicar servicios no tendría sentido, estamos pensando, también, en crear instituciones de educación superior en áreas como el turismo, el medio ambiente, tecnológicas, o incluso tradicionales pero desde la óptica local y regional. Para esto se requiere voluntad política y gente nueva. Si Mujica recurre a nombres provenientes de la burocracia de la Universidad está frito.
Por eso el planteo de postergar el inicio de la ley de educación que hizo el Partido Nacional. Si nos ponemos de acuerdo en algunas de estas cosas avanzaríamos mucho en términos de país, pero además los aliados para impulsar estas cosas Mujica los va a tener afuera de su partido. Le llegó la hora de la verdad entre lo que dice que quiere y lo que las corporaciones le permiten.
Es entre la gente y las "roscas" que hay en todos lados.