HERNÁN SORHUET GELÓS
Es bueno comenzar el año realizando algunas reflexiones. El tiempo y la ciencia se han encargado de demostrar que los problemas ambientales son problemas globales. No importa cuál de ellos se considere, lo fundamental es que hay que abordarlo con una visión holística. Porque de esa manera seremos capaces de analizarlo en su consideración más amplia -sin omitir, en lo posible, variables o elementos en juego- lo que facilitará nuestra comprensión y mejorará las posibilidades de éxito en la toma de decisiones.
Hasta ahora lo habitual ha sido que los temas ambientales se consideren de manera fragmentaria (o dicho de otra manera, vistos a través de unos pocos cristales) lo cual aumenta considerablemente el rango de equivocaciones. La razón es que este procedimiento nos permite ver sólo alguna de las partes y no el todo. Si algo estamos aprendiendo -a los porrazos- es que la realidad es mucho más que la suma de las partes. El calentamiento global es un buen ejemplo de ellos.
Ahora sabemos que los saberes tradicionales, populares, ancestrales y empíricos son esenciales para enfrentar la crisis ambiental que padece la humanidad.
Buena parte de nuestra mejor tecnología está basada en la observación de cómo funciona la naturaleza, y muchos de nuestros mejores medicamentos provienen de los conocimientos de pueblos antiguos.
Estamos reclamando lo que se ha dado en llamar "diálogo de saberes", o sea un proceso activo de comunicación entre personas o grupos de personas provenientes de culturas diferentes, para que compartan sus conocimientos a la hora de buscar soluciones a los problemas de la gente.
Al mismo tiempo necesitamos entrar en niveles superiores de acción a los actuales, y asumiendo mucha responsabilidad. Todos somos protagonistas múltiples e insustituibles de la realidad.
Los gobernantes (nacionales, provinciales y municipales) asumiendo cabalmente su papel regulador y conductor hacia paradigmas más sostenibles de desarrollo.
Los parlamentarios y congresistas ejerciendo su función legislativa y de contralor, actualizando y modernizando el marco normativo para conducir a la sociedad por los caminos de la sostenibilidad y la equidad.
El sector productivo, comprendiendo que el reto es producir sin dañar el ambiente más allá de límites mínimos y de las amenazas de las sanciones.
Los que imparten justicia, comprendiendo que los problemas ambientales encierran un alto contenido ético, pues impactan en todos los aspectos de la vida de la sociedad.
Los consumidores, para que ejerzan a conciencia su poder de decisión a la hora de elegir, marcando diferencias, y al mismo tiempo, para que asuman conductas responsables en materia de niveles de consumo.
La educación debe incorporar decididamente los principios, enfoques y pautas de la educación ambiental a todo el sistema, en especial en la formación docente, como forma de combatir la visión fragmentaria de la realidad que ha enseñado hasta la actualidad.
La sociedad civil organizada a través de ONG y otras organizaciones, juega un papel también fundamental "propositivo", ejecutivo y de contralor.
Por último, los periodistas están llamados a incorporar esa visión holística de la realidad a su quehacer (hoy propuesta por el periodismo ambiental) para contribuir en la construcción de una sociedad informada, reflexiva y participativa.