La hora de Larrañaga

ALEJANDRO NOGUEIRA

El discurso de asunción de la derrota de Luis A. Lacalle dedicó, con justicia, varios párrafos de agradecimiento a la contribución de Jorge Larrañaga a la campaña de la fórmula. Pero omitió cualquier señal que abriera el juego a un mayor protagonismo del líder de Alianza Nacional en el futuro próximo. Lacalle no dio indicio de querer otorgar espacios a quien aparece, lógicamente, como figura de la renovación partidaria, y que es un interlocutor más adecuado ante el presidente electo, pese al papel que se asignó al candidato a vice en la campaña. Larrañaga asumió la mayor parte del peso del ataque a Mujica en vez de apuntar al centro político, lo que fue sólo una de las equivocaciones de la estrategia nacionalista que tiene origen en un error de paralaje en la apreciación del estado de ánimo de las masas. Los resultados del raid electoral del líder herrerista y los diez puntos que le sacó el "impresentable" Mujica en el balotaje, deben tener alguna explicación.

Ahora hay un escenario nuevo y Larrañaga, razonablemente, no se sentará a esperar permisos, porque tiene una carrera política que continuar.

Mujica no es un líder joven -así que no se trata solamente de juventud-; ni su pinta ni su garbo explican su 53%, que evidencia más bien que las mayorías prefieren un perfil estrafalario de político al que le creen, más que a quien sintetice los estereotipos tradicionales del liderazgo político uruguayo en una sociedad descreída de las viejas formas de hacer política. La prueba del nueve de los nuevos paradigmas ciudadanos es Pedro Bordaberry. No se trata, tampoco, de un tema de ideas de izquierda o de derecha, sino de credibilidad. Muchos colorados que creyeron en Bordaberry, también creyeron en Mujica en la segunda vuelta. ¿Qué es esto?

El mensaje pos electoral de Lacalle fue que se mantendrá como el referente opositor mientras tenga aliento, lo que condice con su leonina carrera, y con otra tradición de hierro de la política uruguaya: la ausencia de renovación partidaria salvo razones de fuerza mayor.

El mal de la longevidad política no es exclusivo de los partidos históricos. El Frente Amplio ya habla de Vázquez 2014, un capital político no desechable si se conserva hasta entonces. Un regreso de Vázquez en cinco años no sólo es una horrible pesadilla para su coetáneo Danilo Astori, sino que es también un dique a figuras nuevas de la izquierda que deberán esperar una década más para descollar, cuando ya tengan respetables 60 y pico, y la historia vuelva a repetirse con biológica regularidad.

Liderazgos tan extensos en los partidos han provocado generaciones de diputados decanos, senadores sempiternos, y una ausencia de debate político interno. No hay parricidios, ni rebeliones, porque sobran los ejemplos de expulsados del paraíso.

En algún punto, el viejo líder se desconecta de un país que evoluciona al ritmo global y que tiene más memoria de la que irrespetuosamente se le asigna; se siente más sabio -y quizá lo sea-, pero pierde de vista que también, como nos pasa a todos, a medida que envejecemos, nos parecemos más a nosotros mismos. Y los demás quieren que seamos otro, en el que puedan creer, aunque sea el desvencijado y folclórico Mujica quién, pese a su edad, es visto como una renovación de la manera de hacer política.

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