MarÍa Julia Pou
Hoy quiero compartir con los lectores una historia, no una anécdota. La madre de un muchacho adicto a quien, a estos efectos llamaremos Marcelo, cuando se ha encontrado con él por la calle, bajo el efecto de la pasta base, le ha dicho "Saludos a Marcelo, decile que lo extraño mucho". Marcelo ha respondido: "Yo también lo extraño". Un drama en dos frases. La madre ante el hijo de sus entrañas, el fruto de su carne, pasa por encima de ese sagrado vínculo y le recuerda al ser que tiene delante que no es su hijo, que a quien ve no lo reconoce como tal, que es al verdadero vástago al que quiere y, por ende, extraña. El propio muchacho se sabe otro, se extraña a sí mismo en la normalidad y lo confiesa.
Las reflexiones electorales son una buena ocasión para hacer el inventario de los problemas del país y -si fuera posible- escuchar las diferentes posiciones de los distintos grupos políticos acerca de los mismos. Si bien consideramos que esta campaña que terminó no ha sido especialmente pródiga en el intercambio de ideas, sí hemos escuchado hablar a todos los candidatos acerca del problema de la droga, y en especial, de la pasta base.
El tema ha sido enfocado principalmente desde el punto de vista de la seguridad ciudadana pues es en ella cuando aparece como uno de los elementos que explican las acciones violentas de los consumidores de la endemoniada sustancia. Muchas horas en los noticieros se han dedicado a mostrarnos jóvenes enajenados atentando contra lo que sea necesario para poder hacer su provisión de la droga que los esclaviza.
Pero hoy queremos abordar el tema de la pasta base -y las drogas en general- desde el punto de vista de los jóvenes consumidores y de sus familias. Hemos tenido la oportunidad de conocer de cerca de madres y padres de jóvenes adictos; hemos escuchado sus conmovedoras historias, compartido sus angustias y también su desazón.
Es que nuestro país no está preparado para enfrentar con una prospectiva terapéutica el problema de estos jóvenes y sus familias; se encuentran en una situación de desamparo total. Recordemos que este azote social no reconoce barreras sociales ni de medios económicos ni de educación ni de barrio. Por supuesto que afecta con más probabilidad a quienes se sientan solos o no comprendidos por sus padres, pero ello tampoco es patrimonio exclusivo de nivel social alguno. Lo que si es injusto, tremendamente injusto es que no todos pueden acceder a los tratamientos, que los hay.
En nuestro medio existen y actúan clínicas serias de carácter privado que ofrecen una oportunidad de salida. Pero cuestan alrededor de $30.000 por mes durante un tratamiento que dura por lo menos seis meses.
Se advierte inmediatamente la injusticia que esto significa. Las vidas se pueden rescatar en un caso, en otro no. Este es un tema que debe superar fácilmente la distancia que pueda haber entre propuestas electorales, posiciones políticas o partidos.
Son vidas las que están en juego y el Estado debe de ofrecer a quien no puede pagar uno privado, un servicio público de la misma calidad y eficacia. Son vidas, todas valen igual, todas deberían tener una oportunidad igual.
En esta materia no admitiremos excusas de los futuros gobernantes.
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