GUSTAVO PENADÉS
La idea de que la fórmula Lacalle-Larrañaga es el "equilibrio" cobra cada día mayor vigencia.
Si no, veamos como han transcurrido estos primeros días de campaña hacia el balotaje. La tónica del senador Mujica ha sido la de retomar su camino de siempre; aquel que le conocimos como ministro.
No hubo que esperar mucho. La noche misma de las elecciones demostró con claridad su más absoluto desprecio por todos aquellos que no lo votaron. De allí en más, la permanente actitud de descalificar a quienes, legítimamente, piensan diferente. Los agravios no vale la pena repetirlos. Quizás baste con uno: "golpistas".
En otras palabras se retoma con fuerza el discurso tradicional de la vieja dirigencia frentista: "Si no estás con nosotros sos mala persona".
En la línea que apuntamos, no dudó tampoco en meterse con las creencias religiosas de las personas. ¿No son acreedores al mismo respeto aquellos que creen en la Divinidad que quienes se confiesan ateos, agnósticos o lo que buenamente quieran?
Así mismo, tampoco le gustó que utilicemos la bandera nacional como símbolo de la unidad nacional que pregonamos y en la que realmente creemos. No obstante -otra contradicción y van unas cuantas- la noche de las elecciones se cubrió y agitó esa misma bandera…
Sin duda está reapareciendo el verdadero Mujica. Él, como todo ciudadano, tiene derecho a pensar en la forma que quiera. El asunto es otro: la ciudadanía tiene derecho a conocer con precisión el pensamiento último e íntimo de aquél a quien se le confiará el destino nacional. ¿Es el Mujica que se autoexcluía de toda candidatura por no encontrarse calificado? ¿Es el que se dice continuador de Vázquez pero a quien sin embargo Vázquez descalifica? ¿Es el de "Pepe Coloquios" o el que visita industrias y defiende la inversión extranjera en un todo opuesto a su grupo político? ¿El que no se cansa de hablar del mítico "Uruguay Productivo" pero para hacerlo quiere traer pastores ecuatorianos? ¿El que pretende el mando de las Fuerzas Armadas pero que su mejor idea es reírse de ellas?
¿Es el que aplasta a las minorías?, al decir de Valenti.
A esas y otras preguntas debe ofrecer respuestas. ¿Qué mejor que hacerlo públicamente, ante la ciudadanía?
Luis Alberto Lacalle en varias oportunidades lo invitó a debatir. Las respuestas siempre han sido esquivas; y lo son incluso ahora, cuando se le aceptó a que compareciera con su compañero de fórmula. Ya se alzaron voces que desaconsejan debatir. Se argumenta ahora que "hay interferencias", que son manotazos de ahogado. ¿Será que teme mostrarse "tal cual es"?
Los ciudadanos deben ser respetados y ese respeto comienza por decirle con claridad para qué se les pide el voto, para qué se busca el poder. Hasta ahora, quien ya tiene mayoría parlamentaria y pretende la Presidencia no ha dado ninguna respuesta.
Volvemos entonces a lo del principio, a la validez y vigencia de un concepto que con urgencia debe imponerse y ganar la conciencia y la voluntad de los orientales: el equilibrio. En lo institucional y en las propuestas; sin extremismos y con respeto para todos. El gobierno no es cuestión de un partido, sino de todas las fuerzas políticas, quienes deben conversar y acordar teniendo presente que representan y se deben a toda la Nación.
"El gobierno no es cuestión de un partido, sino de todas las fuerzas políticas que representan y se deben a la nación.
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