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Leonardo GuzmÁn
Andando de Auckland a Wellington y regresando por Hamilton, tócanos recorrer la Isla mayor de Nueva Zelanda. Tapiz verde preordenado para producir. Sin basurales, carritos ni limpiavidrios. En el Ministerio de Desarrollo, los lemas invitan a dignificarse por el trabajo y a mantener la independencia personal al jubilarse.
¿Sin problemas? No. Eso no es humano. Nueva Zelanda surgió a contramano de su geografía. Se dispersa en islas. Para prevenir terremotos tiene que emprender tareas ciclópeas, como colocar patines antisísmicos en los cimientos de la sede de su Parlamento. Aun en primavera, nieva fuerte en el centro y se cortan las carreteras, algunas muy estrechas. Desde los precios en crisis al alcoholismo, desde el desempleo a la expansión asiática, en este rincón de Oceanía no faltan las preocupaciones. Pero no se encaran desde la fe mágica en el gobierno. Se enfrentan desde la certidumbre de que el esmero en la educación y la profundidad en la trasmisión de valores generan clima, humus y frutos.
Por cierto, ya no viajamos desde esquemas en blanco y negro. Vía Internet, la geografía se nos anticipa en colores. Pero es un error pensar que todo está en la gran red mundial y que cuanto importa está en su folletería a la carta. No. Así como un libro en la mano genera resonancias que las fotocopias no movilizan, el encuentro vívido, aun apretado por la agenda, provoca respuestas que los resúmenes no llaman. Y eso que supimos siempre, aquí lo confirmamos.
Esta nación se irguió ante la adversidad. En 1840 la colonizó oficialmente Gran Bretaña y desde entonces tiene impronta victoriana: construye la dignidad personal desde la educación y siembra un espíritu pionero capaz de sacrificios, que viene confirmándose en las áreas más diversas desde que -junio de 1886- debió responder al terremoto de Rotorúa.
Lo significativo de Nueva Zelanda no se agota entonces en el color turquesa de su mar ni en las esquinas de Wellington que recuerdan a Londres ni en el tránsito vehicular por la izquierda. Está en la calidad del espíritu colectivo, que a diario se torna herramienta de trabajo frente a las cosas y trato amable y sonriente frente a las personas; y eso, en todos los niveles y etnias, maoríes y asiáticos incluidos.
La pregunta nos asalta: ¿qué hicimos en el Uruguay para quedar atrás y no adelante de tamaño ejemplo? Pues, apostar a las respuestas del Estado más que a la formación de la persona. Depositar la responsabilidad por nuestro destino fuera de nosotros y, por ende, habituarnos a no "cultivar nuestro jardín", como sabiamente mandó Cándido por la pluma de Voltaire, para recordarnos que mientras se espera el mejor de los mundos… hay que trabajar duro, porque las cosechas no se hacen solas.
¿Y qué más hicimos? Pues, bajarnos de la pasión por la legalidad que fue nuestro orgullo y resbalar a la injerencia presidencial en las elecciones. Con lo cual, el mandatario la emprende con los periodistas porque informan asaltos. Y hasta invoca combates a la corrupción -que si existen los libra la oposición: casos Bengoa y Clanider-, buscando compensar el déficit de seguridad que, indeleble, le dejó estampado la ministra Tourné.
Todos esos son caminos hacia la incultura profunda, que deberemos revertir por emprendimiento nacional, mirándonos en el espejo de los mejores, como cuando Batlle apuntaba a Suiza, Herrera a Inglaterra y Frugoni a Francia.
Y si tal no hacemos, ¡lo que puede esperar el país!
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