Superar el bloqueo

Pablo Da Silveira

Los uruguayos estamos enfrentados en nuestras opiniones sobre la enseñanza, pero lo peor es que hemos terminado por quedar empantanados en un eterno empate entre dos bandos.

Para uno de esos bandos (que podemos identificar gruesamente con la izquierda política y los sindicatos) nuestra enseñanza sufre un déficit de deliberación y de participación democrática. Los problemas que existen sólo podrán ser superados si se aumenta la capacidad de incidencia de los principales actores de la vida educativa. Este convencimiento explica la gran cantidad de ámbitos de consulta y discusión que fueron creados por la nueva Ley de Educación. Para quienes ven las cosas de este modo, la gran amenaza son los políticos, que pretenden tomar decisiones que corresponden a los protagonistas de la enseñanza.

Para el otro bando (gruesamente identificable con quienes hoy estamos en la oposición) nuestra enseñanza sufre un déficit de control interno y de rendición de cuentas a la sociedad. El deterioro educativo se explica porque no existe una gestión centrada en resultados y porque los responsables de administrar los recursos son casi inimputables.

Para quienes vemos las cosas de esta manera, la gran amenaza son las corporaciones de docentes y funcionarios, que pretenden colocar al sistema educativo al servicio de sus intereses en lugar de ponerlo al servicio de los alumnos y sus padres.

Desde hace un cuarto de siglo todos estamos empeñados en mostrar que el otro se equivoca, pero a esta altura deberíamos prestar atención a dos datos inquietantes. El primero es que ninguno de los dos bandos ha conseguido convencer al otro. El segundo es que ambos tienen capacidad de bloqueo.

La triste verdad es que nos hemos condenado a ver una y otra vez una película que tiene dos grandes capítulos. En el primero, quienes están transitoriamente en el lugar donde se toman las decisiones impulsan medidas relativamente enérgicas (la reforma Rama, los cambios introducidos en la reciente Ley de Educación). Mientras esa hegemonía se mantiene, los demás actores se limitan a poner trabas o a criticar. Pero todas las hegemonías terminan por agotarse, y es allí cuando empieza el segundo capítulo: quienes antes cumplían la tarea de oponerse, ahora se esfuerzan por desmantelar lo que se hizo antes (piénsese en los eficaces esfuerzos realizados por la actual administración por borrar casi todo vestigio de la reforma Rama, o en los anuncios realizados desde la oposición sobre la voluntad de derogar la Ley de Educación si hay cambio de gobierno).

Hasta cierto punto es inevitable que estos conflictos ocurran, pero parecería que ya es hora de que encontremos formas más inteligentes de enfrentarnos. Sencillamente es ilusorio seguir pensando que en la próxima etapa habrá alguien que conseguirá imponer su modelo. Si seguimos avanzando en esa dirección, lo único que conseguiremos es prolongar el mismo juego perverso. Y el resultado lo pagarán los más débiles en términos económicos y culturales, que son justamente quienes más necesitan una enseñanza de calidad.

La pregunta importante no es qué sistema educativo ni qué modelo de establecimiento impulsará el próximo gobierno. Esos modelos hay que tenerlos, pero no alcanza con eso. Lo esencial es salir de una dinámica en la que cada uno intenta imponer infructuosamente sus ideas, para entrar en un tiempo de diversidad y experimentación que nos permita encontrar confluencias en la práctica.

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