Sebastián Da Silva
La campaña electoral entro en la fase decisiva, lo que dejó julio fue el abrazo en la casa del Partido Nacional y el pedido de cargos de Astori para integrar la fórmula frentista, y agosto pasó con los blancos entre bambalinas para ajustar y coordinar un programa de gobierno justo y posible y confeccionar la presentación electoral, mientras el Frente Amplio aprovechó los 31 días del octavo mes del año para insultar, agraviar, y descalificar sin más trámite a sus principales contendores.
No escatimaron adjetivos en lo personal, en lo político, ni en lo histórico para intentar escarchar a los integrantes de nuestra fórmula presidencial, ante la mirada preocupada de militantes como yo que desde la columna del 7 de agosto titulada "Avancemos con Fe" clamaba por una reacción.
Somos de los que creemos que las elecciones se ganan tanto por virtudes propias como por defectos ajenos, que no es una competencia de colegiales para ver quién redacta mejores oraciones y las pone en un panfleto, y tampoco entre organismos colegiados que compiten entre sí para ver quién es más inteligente.
Una campaña es entre los unos y los otros. La experiencia internacional es enorme en esta materia, basta con analizar las campañas españolas para ver si Aznar, Zapatero y Rajoy andaban con medias tintas, o descubrir las estrategias estadounidenses entre republicanos y demócratas a lo largo de su proficua historia para ver si se trataban con eufemismos.
Por tanto, los sesudos análisis de los politólogos son una especie de ensayo teórico en sus quince minutos de fama previos a la elección, y no estrategia partidaria porque en la mayoría de los casos no son objetivos, dado que viene apareciendo una gama de nuevos analistas políticos muy pero muy identificados con la izquierda, donde por ejemplo la otrora "neutral" Constanza Moreira deja de dar cátedra para ser candidata al senado en la lista común de Tupamaros y Comunistas.
Para gobernar, primero hay que ganar, y para el caso particular de esta primera vuelta electoral, es lógico, obvio, y sensato pensar en profundas diferencias entre los principales aspirantes al sillón presidencial. Nunca en la historia política uruguaya se enfrentaron candidatos más antagónicos, en prepararación, en formación, en antecedentes, hasta en la forma de dirigirse a la ciudadanía.
Hay un abismo entre Mujica y Lacalle en casi todos los aspectos que conforman sus personalidades, uno fue Presidente, respetó a las instituciones democráticas desde gurí, con un gobierno que nadie puede discutir que se rigió dentro de los parámetros de republicanismo y fe democrática tradicionales del Uruguay y el otro pese al que le pese, no creía en la democracia y quiso derrocar por las armas inicialmente al gobierno que tenía a Wilson Ferreira como ministro de Estado. Así que esto no es una cuestión ni de cucos, ni de bajar el nivel de la campaña, es ver quién de estos dos señores es el que está más preparado para ser el próximo presidente, ambos con sus virtudes y sus cruces sobre sus espaldas, virtudes que como es lógico serán promovidas por sus partidarios y sus defectos que serán recordados por sus adversarios.
Es hora que el Partido Nacional muestre su temple y su vocación para ganar estas elecciones, la orden es de no aflojar y en eso estamos.