JUAN MARTÍN POSADAS
En términos generales la política funciona en torno a dos ejes: el poder y la comunicación. Las elecciones -proceso importante en el sistema democrático- se apoyan en la comunicación. En ambos casos -la política y las elecciones- la comunicación es verbal o escenificada, es decir, discurso o ritual. Elemento integral de esto son los debates -parte discurso, parte actuación- que permiten a la población conocer cómo es y qué propone cada candidato.
En ese contexto resulta asombrosa la frenética disparada del candidato del Frente Amplio cada vez que lo invitan a un debate con otro candidato. Ahora dice que, acompañado, acepta: que el debate sea entre los cuatro candidatos a presidente y vice del Partido Nacional y el Frente Amplio. Mano a mano ni con De León. Imagino la consternación de su asesor de publicidad.
El discurso y los rituales políticos no están para la conveniencia del candidato sino para la conveniencia de la gente. No son puros elementos de propaganda sino oportunidades obligatorias, ofrecidas al votante, para que éste pueda elegir con conocimiento de causa. Algunos, que posan de intelectuales, sostienen que los discursos políticos son hipocresía pura y los rituales una impostura. Menosprecian, desde su olimpo de utilería, la base del funcionamiento democrático (y no ofrecen alternativa sustitutiva alguna).
El discurso político puede ser popular, no tiene por qué ser académico. Existen en Uruguay registros casi paradigmáticos de expresión popular que revelan características y aspiraciones nacionales auténticas. Un representante muy recordado de ese discurso mamado en la calle y en el vino tinto, fue el Canario Luna. Muerto éste han quedado los imitadores. Huelga agregar que si al Canario Luna le hubieran ofrecido ser candidato a la presidencia hubiera contestado ¡ni borracho! (Creo que alguna vez Mujica dijo algo así).
La estética tiene más importancia en la política de lo que muchos creen. Es parte del discurso y parte del ritual. La estética contiene algo de la definición íntima de la persona sobre sí misma: me arreglo, me visto, me peino, hablo, como lo que creo que soy o como lo que aspiro a ser. Lo mismo sucede con la estética de los partidos políticos.
Ciertos periodistas (que se enojan cuando alguien los critica pero son notoriamente benévolos en su juicio sobre el nivel profesional promedio en el país) se amontonan con voracidad sobre detalles circunstanciales y externos de los discursos políticos y de los rituales sin llegar a su significado. Ni el discurso político ni el ritual son pintoresquismos ambulantes. Existe, claro está, una dosis de hipocresía (o amateurismo), variable según los actores. Con un poco de perspicacia -y sería de desear con ayuda de politólogos y periodistas capaces- la población en general puede llegar a leer el fondo que subyace. Los blancos cantando la Marcha de Tres Árboles en el Directorio la noche de la integración de la fórmula presidencial redondearon un discurso y un ritual político de formidable fuerza y contenido. En cambio, cuando se sustituye la noticia por el cotilleo político (que lleva los informativos a hora y media) empacha y no deja nada útil.
La campaña electoral está arrancando. A pesar de todo ha comenzado dejando adecuadamente a la vista la verdad entrañable (o el hueco) de discursos y rituales, elemento indispensable para que el ciudadano sepa cómo pronunciarse, en octubre primero y en noviembre después.