Es de esperar que José Mujica no repita en su próxima visita a Santiago de Chile los errores cometidos en Brasilia.
Para empezar, que no llegue con la mano extendida, en actitud pedigüeña ante Michelle Bachelet, tal como hizo con Lula. También deberá asegurarse que no lo planten un día entero, como le pasó en Brasil en donde debió aguardar 24 horas más de lo previsto para ver al presidente.
Otro aspecto que sus asesores deben cuidar es que lo reciban en la casa de gobierno -en Chile, la Casa de la Moneda- y no en el salón de un banco oficial, como le sucedió con Lula.
Otras diferencias podrían estar en la delegación que lo acompañe. En virtud de la escasa trascendencia que en Brasil se le dio a su compañero de fórmula Danilo Astori (quien no fue recibido por el ministro de Hacienda sino por un ayudante), sería bueno que considerara si lo lleva en su expedición a Santiago.
Lo mismo debería hacer con los delegados de la Mutual de Futbolers que integraron su misión al país del Norte y analizar si incluye en la entrevista con Bachelet al insigne Pato Celeste, quien tuvo el privilegio de acompañarlo en su cita con Lula, algo que causó estupor en el protocolo del Planalto y en Itamaraty.
Otro tema a revisar son los regalos a llevarle a la presidenta. Los chilenos no son adictos al tamboril, por lo que podría eliminarse ese instrumento de la lista de presentes o sustituirlo por una guitarra, probablemente más afín al gusto de la anfitriona. Tampoco se aconseja repetir la pruebita de obsequiar la camiseta de Chiggia que desconcertaría a los chilenos aunque no tanto como a los brasileños (¡hay que ver la cara que puso Lula cuando le hablaron de Maracaná 1950!). Y habría que repensar lo de regalar el retrato de Artigas pintado con los colores del Frente Amplio, sobre todo para quien anhela convertirse en presidente de todos los uruguayos. Suena politiquero.
En cuanto a la ropa de Mujica se sugiere que su próximo traje se confeccione con una buena tela nacional -y no italiana como la usada en Brasilia- así de paso le da una manito al proclamado objeto de sus desvelos, es decir, el país productivo. ¡Buen viaje!