La segunda vuelta

Por segunda vez desde la vigencia, de la reforma constitucional de 1996 habrá de ambientarse una casi segura definición popular mano a mano respecto de quién será el Presidente de la República a partir del próximo 1° de marzo por los siguientes cinco años. Damos por conocidos los parámetros básicos del sistema electoral renovado con características parecidas a las de Estados Unidos. El primer paso -se dio el domingo pasado- fue el de elegir por el voto popular al candidato de cada partido político que se presentará a las nacionales de octubre. Luego, dadas determinadas condiciones de mayorías, dos de esos candidatos competirán por la Presidencia. Será la segunda vuelta ("ballotage").

En el sistema anterior, la llamada "Ley de Lemas" hacía posible que un partido pudiera presentar varios candidatos que entre sí definían simultáneamente la competencia interna dentro del Lema y los más votados de cada uno eran los que podían aspirar a la Presidencia en la competencia interpartidaria. De allí la denominación de "doble voto simultáneo".

Profesores de derecho público extranjero que han estado en el país cuando regía aquél sistema, expresaban sus dificultades para comprenderlo. Sin embargo, no era tan difícil. Eran tiempos, sí, de bipartidismo, pero de un bipartidismo teórico, porque nuestros partidos políticos, como casi todos los de las democracias del mundo, presentan en su interior matices o aspectos diferenciales, que van desde los detalles hasta a veces los métodos y aún las ideologías. Y se llegó en algún caso, como en el Partido Nacional, a la fractura. Así el Justicialismo en Argentina, Demócratas y Republicanos en Estados Unidos, Conservadores y Laboristas en Inglaterra, y tantos otros. Entonces, en lugar de dirimir esas diferencias con elecciones primarias, como se hace habitualmente en los regímenes presidencialistas, en el nuestro se resolvían en la elección nacional.

Cuando después de la dictadura el bipartidismo terminó y marcó presencia una pretendida unión de las izquierdas limitada nada más que a lo formal, denominada Frente Amplio, mientras los partidos tradicionales continuaban con la presentación de varios candidatos en régimen de doble voto simultáneo, esas izquierdas postulaban el candidato único. Eso ocurrió hasta la década de los noventa, porque en el Frente Amplio, que potencialmente nació con todas las diversidades internas de los partidos fundacionales, en la medida que elección tras elección crecía avizorándose como opción de poder, esas diferentes corrientes de pensamiento, acción, metodología política e ideológicas, iban tomando cuerpo.

Se llegó entonces en 1996 a un acuerdo político. Por un lado, el Frente imponía la necesidad de un candidato único por partido, y por otro concedía la opción de la segunda vuelta entre los dos candidatos presidenciales más votados para elegir al Presidente, salvo el caso de mayoría absolutas o especiales en primera ronda. En la primera experiencia de aplicación del nuevo sistema -que se aceptó con fórceps en el electorado- el Frente tuvo elecciones primarias entre Vázquez y Astori. En estas últimas elecciones primarias, los precandidatos fueron tres.

El sistema del candidato único no es el ideal para los partidos tradicionales, porque a quienes no les caiga bien el que resulte electo, si no quieren votarlo deberán retacear el apoyo a su partido. Y al Frente, la segunda vuelta no le conviene, porque las afinidades entre blancos y colorados son mucho más intensas que con los frenteamplistas radicales que -a la vista está- son mayoría en la coalición. Los primeros tienen en común nada menos que como principio rector de su acción política el sagrado de la libertad, de relativo arraigo en las izquierdas unidas. Por eso es mucho más fácil el entendimiento entre un blanco y un colorado , que ha sido además la constante histórica y podría ratificarse en pocos meses, si es necesario.

Por esa razón superior, y otras, en los hechos tenemos consolidada la división del país en dos mitades. Y entonces llega el momento de preguntarse si con el tiempo, no se hará realidad la conjunción electoral de las "familias ideológicas" a que se refirió una vez el Dr. Julio María Sanguinetti, distinguiéndose igual, mediante listas al Senado separadas, por ejemplo, pero con fórmulas presidenciales y programas comunes.

Es sólo una interrogante de futuro, y no parece ajena a lo lógico. Aunque por ahora está lejos.

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