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RIcardo Reilly Salaverri
El pasado sábado, el Frente Amplio organizaba un acarreo de gente de distintos departamentos que se aglomeraría en la plaza principal de la ciudad de Maldonado, para que arengaran a los asistentes los postulantes a la candidatura presidencial frentista.
Allí en un mástil oficial y público, todos los días flamea el pabellón albiceleste nacional y en otro la bandera de los Treinta y Tres Orientales.
Entre los organizadores del acto y como fondo del monumento a José Gervasio Artigas hubo quienes bajaron el pabellón patrio y en su lugar pusieron al trapo rojo de la hoz y el martillo.
Símbolo del totalitarismo, la violación internacionalista e institucionalizada de los derechos humanos y la degradación de la Libertad y la vida social. En el otro mástil también se sustituyó el estandarte de los Treinta y Tres, que fue ocupado por una tela embadurnada con los colores tupamaros.
Tempranamente los teléfonos de los medios de comunicación departamentales comenzaron a desbordarse ante el atropello, el rumor del desmán corrió entre la ciudadanía co-mo reguero de pólvora, y las fuerzas históricamente democráticas, y sus autoridades, entre las que revista la departamental nacionalista de Maldonado, expresaron su repudio ante el desmán incalificable.
Para quienes peinamos canas el hecho es simple continuación de lo que vivimos desde hace cuarenta años hasta hoy, que se ha mantenido a pesar de los maquillajes y del quiebre institucional y de que el mundo siga andando y cambien los tiempos.
Para las generaciones nuevas quizás la trascendencia no sea abrumadora, ya que padecemos un desgobierno que se ha encargado de borrar a la Historia nacional de la educación, a sus símbolos, a los feriados que delinean el ser autóctono, a sus héroes, a sus realizaciones, a sus actos de fiereza en pos de la afirmación de la nacionalidad, la República, la solidaridad, el respeto social y la democracia.
Hoy al parecer están policialmente identificados algunos de los responsables del atropello, militantes comunistas, y las lágrimas de cocodrilo de los principales responsables de la cáfila mayoritaria dentro del frentismo, llueven a mares.
Pero, no es casual que hoy como ayer, la intolerancia, la irrespetuosidad a lo nacional parta siempre de las mismas huestes, porque en definitiva eso es lo que allí se enseña.
En un país en el que han destrozado la educación pública, la asistencia sanitaria (¿hu-bo alguna vez más caos que luego de la "reforma de la salud"?), y en el que todos los días se realiza algún acto de venganza y de disolución de las Fuerzas Armadas, en medio de un marasmo de inseguridad pú-blica que no hace más que cobrar por segundos nuevas víctimas.
Y, además, ¿qué significa el acto censurado, cuando hay quienes le hacen los mandados al matrimonio "K" y defienden más los intereses del fisco argentino que el destino de los orientales?
O la entrega de nuestra independencia que ha hecho el gobierno, con la creación y participación en el parlamento del Mercosur, donde hemos comprometido la soberanía que costó sangre, sudor y lágrimas a generaciones, aviniéndonos a aceptar decisiones de un organismo internacional en el que se nos ha asignado una ridícula participación minoritaria y al que deberemos obediencia.
Cediendo el mando al centralismo porteño, a Itamaraty y a la urraca venezolana.
Consumado esto ¡qué importa la bandera!
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