Familias Mixtas de inmigrantes crecen en EE.UU.

Diferencias. Algunos de sus miembros gozan de los mismos derechos que los ciudadanos norteamericanos y otros aún viven de ilegales

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NUEVA YORK | THE NEW YORK TIMES

Para el padre, la decisión era obvia: ingeniero, con varios empleos pero escaso dinero y no veía futuro para sus hijos en Ecuador. Ocho años atrás, les pagó a coyotes para que lo llevaran a Texas, para viajar a Nueva York, hasta donde su esposa e hijos tomaron un vuelo como turistas y se quedaron.

Sin embargo, las consecuencias de la clara decisión no han sido nada simples. La hija sobresalió en su preparatoria de Queens y se graduó de la universidad con honores, pero, a sus 22 años de edad, sigue viviendo en este país ilegalmente. Así que mientras sus compañeros de clase tienen lucrativos empleos corporativos y toman vacaciones en el extranjero, ella lleva la contabilidad de un pequeño negocio administrado por inmigrantes, teme aventurarse fuera de la ciudad y no puede obtener una licencia de manejo en el país que ella ha llegado a amar.

En el ínterin, su hermano de 17 años, quien nació en Estados Unidos durante una estadía previa y es, por tanto, ciudadano estadounidense, goza de privilegios que su familia no puede tener, como pasar los veranos en Ecuador con sus primos. Pero, aburrido y solo en la mayoría de las tardes, el verano pasado declaró que deseaba mudarse de vuelta al viejo país.

"¿Cómo puede él si quiera pensarlo?", dijo su madre, pasmada. "Nos estamos sacrificando para que pueda tener una mejor educación y un mejor empleo. ¿Después de renunciar a todo para venir aquí, él -el único con papeles- quiere regresar?"

Estas cuatro personas forman parte de un grupo en crecimiento de lo que a menudo se conoce como familias de estatus mixto. Casi 2.3 millones de familias de indocumentados, aproximadamente tres cuartas partes de las cuales están en Estados Unidos ilegalmente, tienen al menos un hijo que es ciudadano estadounidense, con base en información del Centro Hispano Pew. Casi 400.000 de ellos tienen tanto hijos que son ciudadanos como otros que no lo son.

Sus filas son alimentadas por la interminable oleada de inmigrantes indocumentados, así como por leyes federales que niegan el estatus legal a niños nacidos en el extranjero, al tiempo que le otorgan la ciudadanía a sus hermanos nacidos en EE.UU. Y conforme sus números van en aumento, ellos están desafiando los estereotipos más persistentes de los inmigrantes del siglo XXI: que encajan a la perfección en grupos aparte; que vinieron para quedarse o están decididos a volver a casa, que son en su mayoría parte hombres solos, tomando decisiones independientes. De hecho, la mayoría de los inmigrantes vive en familias, con una mezcla de situaciones legales, oportunidades y sueños.

Estas cuatro personas de Queens ahora están divididas en dos casas, y entre aquellos que esperan quedarse y los que regresarían a Ecuador, en un conteo que sigue cambiando. La hija, pese a los incansables esfuerzos por salir adelante, siente que está perdiendo terreno y teme que su hermano dé por hecho su ciudadanía estadounidense. El hijo, a pesar de su libertad, carga el peso de las mayores esperanzas de su familia.

Su estatus también es mixto en forma menos evidentes. La madre, de 47 años de edad, quien renunció a su incipiente carrera en Ecuador como analista de sistemas informáticos y ahora trabaja como niñera para ganarse la vida, no ha tenido las mismas oportunidades en este país -por mucho- que el padre, también de 47 años, quien encontró un gratificante empleo trazando y diseñando planos. Cada vez más inconforme, ella ha intentado en vano lograr que la ciudadanía de su hijo le granjee un carné verde que le otorgue la residencia permanente.

De cualquier forma, ellos son una encantadora familia, y están en mejores condiciones que muchos inmigrantes indocumentados, ganándose una vida de comodidad en una ciudad que da la bienvenida a extranjeros, con o sin documentos. Los padres están entre un porcentaje cada vez mayor de inmigrantes indocumentados con educación superior -se cree que al menos uno de cada cuatro ha cursado estudios universitarios- que abandonan carreras en sus países natales para intentar impulsar a sus hijos a la clase media de EE.UU., en una sola generación.

ES UN REY. Por encima del corazón de plástico que pende del muro, dos fotografías en el apartamento de la madre resumen pulcramente las pasiones de sus hijos. La hija está parada, radiante, con su túnica y birrete. El hijo, en shorts, juguetea con sus primos en una playa sudamericana.

El hijo tiene un fuerte vínculo con Ecuador. Como el único integrante de la familia que puede viajar libremente, él ha pasado tres veranos allá, jugando fútbol y yendo a parques de diversiones con sus primos, incluidos dos muchachos con los que ha formado una relación tan estrecha que todos se refieren al trío como "Los Compadres". De vuelta en Nueva York, él les envía mensajes de texto constantemente, al igual que de correo eléctrico y Facebook.

Todo parece indicar que su conexión emocional con Queens es mucho menor, donde llega a un apartamento vacío después de la escuela para hacer su tarea. Su madre teme por él. "Le hace falta la calidez de la familia", destacó.

Pero la familia, aquí y en Ecuador, insiste en que él permanezca en Estados Unidos. "Como ciudadano, todas las puertas están abiertas para él", dijo la madre. "El sabe que existe una diferencia, que él puede hacer lo que nosotros no podemos". Sus esperanzas por él a veces rayan en la impaciencia. Mientras madre e hija veían "Hairspray" en una tarde de sábado, el hijo tomaba una siesta en su oscura habitación.

"Él es un rey", dijo la madre, quien desea que él busque un empleo de medio tiempo, por la disciplina y para tener dinero para sus gastos. "En Ecuador, nadie trabaja hasta que se gradúa de la universidad. Pero estamos en Estados Unidos, y una sociedad diferente tiene costumbres diferentes. Él debería trabajar". "Él quiere trabajar", insistió la hija. "Pero mi padre no lo quiere permitir. Él quiere que mi hermano estudie". De hecho, el padre le ha aconsejado que no se sienta atraído por el dinero rápido que lleva a otros muchachos del vecindario a abandonar sus estudios para trabajar en mini supermercados u obras de construcción por 500 dólares semanales. Preocupado porque las calificaciones del hijo han bajado, él sigue de cerca su trabajo escolar, reuniéndose con los profesores.

Su hermana también lo cuida. En muchas familias de estatus mixto, los hermanos chocan: El hijo mayor, sin documentos, a menudo tiene que trabajar más para tener éxito y resiente los privilegios de los que goza el hijo menor como ciudadano estadounidense, notó Walter Barrientos, uno de los fundadores del Consejo de Liderazgo Juvenil.

De algunas formas, el hijo es meramente un típico adolescente de 17 años, reticente a hablar. Su forma de pensar de hecho ha cambiado: A lo largo de los últimos meses, él ha dejado de hablar sobre volver a Ecuador y ya empezó a explorar la idea de estudiar arquitectura en una facultad estadounidense.

También ha ventilado insinuaciones de que siente la presión que muchos hijos ciudadanos de padres indocumentados experimentan. "Quizá ellos esperan demasiado de mí", confió. "Pero mi familia quería que yo viniera aquí. Es mejor para mí, y para mi hermana".

A medio mundo de ahí, el soleado apartamento dúplex que la familia construyó durante su última estadía en Ambato yace vacío, aunque lleno de sus posesiones, como si esperaran su regreso. Sus parientes les suplican que vuelvan, llegando incluso a ofrecerles empleos para endulzar la oferta. Los padres se resisten a estas súplicas. Ellos no han llegado tan lejos, sacrificando sus propias carreras y comodidad, para perderse cómo sus hijos tienen éxito en EE.UU.

Si ese día llega, ambos padres dicen que regresaran con gusto a su patria; incluso el padre cuya firme decisión los llevó a todos hasta Estados Unidos. Ecuador es la tierra que él ama. Nueva York tan sólo es el medio para un fin. "Me colé a una fiesta a la que no fui invitado, y un día me pedirán que me vaya", dijo. "Lo sé. Este es un lugar para trabajar. No para morir".

Ilegales pierden sus hijos

Cuando los agentes del servicio de inmigración lanzaron una redada en las instalaciones de una planta procesadora de aves no tenían idea que un niño estadounidense, de nombre Carlos, quedaría atrapado en la operación.

Entre los 136 inmigrantes indocumentados que fueron detenidos en la redada estaba la madre de Carlos, Encarnación Bail Romero, guatemalteca. Un año y medio después que ella fuera a la cárcel, la corte dio por terminados sus derechos sobre su hijo, con base en un argumento de abandono. Carlos fue adoptado.

Abogados y defensores de inmigrantes dicen que los casos como el suyo están apareciendo por todo EE.UU., a medida que las duras represalias en contra de inmigrantes indocumentados lanzan a cortes locales a batallas transnacionales por la custodia, dejando a miles de niños en el limbo.

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