Violencia liceal

Pablo Da Silveira

El 18 de marzo pasado se descubrió que había armas blancas en el Liceo 19, ubicado en la Curva de Maroñas. Según declaraciones recogidas por la prensa, los adscriptos requisaron "una navaja, una navaja curva con el contrafilo dentado, de esas que hacen más daño cuando salen que cuando entran, y un cuchillo con una hoja de 20 centímetros". Algunos alumnos informaron que se estaba preparando una trifulca entre bandas. Enfrentados a ese riesgo, los docentes decidieron suspender las clases.

Hasta aquí hay al menos dos hechos llamativos. El primero es la presencia de bandas armadas en un liceo (algo que, se suponía, no ocurría en Uruguay). El segundo es que las decisiones hayan sido tomadas por los docentes y no por las autoridades.

Los miembros del Consejo de Secundaria prefirieron minimizar el hecho. Uno de ellos negó que la violencia esté aumentando en los locales de estudio y otro afirmó que se estaba estigmatizando a todo un liceo por apenas tres alumnos. La reacción era digna de la ministra Tourné, pero no fue compartida por los directamente involucrados. Unos 800 padres llegaron al instituto para discutir soluciones. Sesenta de ellos quedaron incorporados a un organismo informal de vigilancia.

Finalmente las autoridades reconocieron que había un problema y anunciaron medidas: en el Liceo 19 habrá personal policial permanente y se instalará una reja perimetral. Los funcionarios aceptaron reanudar sus tareas el 24 de marzo, pero la calma duró pocas horas. Ese mismo día, los docentes del turno vespertino se plegaron a un paro convocado por su sindicato. El liceo se llenó de estudiantes sin nada que hacer. Poco después estalló una trifulca que terminó con 2 menores detenidos.

Los hechos del Liceo 19 no son una excepción. El mismo día que allí se reanudaban las clases, un estudiante del Liceo 40 fue herido en el tórax con la punta de un compás. En los meses previos había habido violencia en La Teja, Colón, La Blanqueada y Buceo. Hoy existe guardia policial en 158 liceos sobre 272, a un costo de un millón de dólares anuales.

¿Cómo explicar este deterioro atroz? Una respuesta consiste en decir que la violencia no está en los liceos sino en la sociedad. Y sin duda hay algo de verdad en esto. Pero, en Uruguay como en otros países, la experiencia muestra que algunos establecimientos son más proclives a generar violencia que otros. Por ejemplo, la violencia es más común en los institutos grandes que en los pequeños (el Liceo 19 tiene casi 1.800 estudiantes) y es más frecuente en establecimientos estatales que en privados, aunque atiendan a poblaciones semejantes.

Nuestros liceos públicos suelen ser modelos de organizaciones colapsadas. Los directores no tienen capacidad de decisión y apenas conocen a sus profesores. Los profesores saltan de un establecimiento a otro, de modo que apenas conocen a sus alumnos. Muchos adscriptos han renunciado a ejercer alguna influencia en los patios y corredores. El ausentismo docente hace que centenares de alumnos se aburran juntos. Las exigencias curriculares son laxas. La ingenua política de inclusión practicada por este gobierno hace convivir a poblaciones muy diversas sin que existan condiciones adecuadas. En este contexto, la violencia se vuelve un resultado casi inevitable.

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