Por calendario, aquél 2 de abril de 1920 fue un día como hoy. Pero estuvo impregnado por la tradicional tristeza y grisura de los Viernes Santos tradicionales, y por la carga de la tragedia que conmovió al país. El diario no había cumplido dos años, cuando uno de sus fundadores, el Dr. Washington Beltrán Barbat, con treinta y cinco años de edad, sobre las once de la mañana entraba en la eternidad.-
Los tiempos cambian. Hoy a esa edad, a pesar de la dinámica de esos cambios, podría ser mirado como una figura joven. Hace casi noventa años ya era un hombre hecho y derecho. Pero más que por la edad, la obra de Beltrán, forjada en la brevedad de su vida, fue colosal. Dirigente estudiantil, profesor de literatura en la Universidad, abogado, político, periodista, sociólogo, escritor, diputado y constituyente, fue el autor de "El contrato social" publicado en Buenos Aires, "De la raza", escrito conjuntamente con Ismael Cortinas, del estudio literario "El genio", de "Cuestiones sociológicas" en donde aborda temas relativos a la niñez que mantienen asombrosa actualidad, "Los filósofos del S.-XIX", "De actualidad política" en donde incluye una serie de artículos sobre los temas de aquél momento, y una recopilación de "Fallos de la Alta Corte de Justicia". Su labor parlamentaria, sus notas y sus discursos, se compendian parcialmente en una edición de homenaje de la Cámara de Representantes. Como si fuera premonitorio, a su muerte quedó inconcluso un libro que habría de llevar un título que bien se pudo auto dedicar: "El heroísmo en el genio".
El País le rinde tributo de homenaje a unos de sus co- fundadores, quienes conjuntamente con Leonel Aguirre y Eduardo Rodríguez Larreta estaban hermanados en la lucha política. A ellos don Carlos Scheck habría de aportar el esfuerzo de sostener su estabilidad y crecimiento empresarial.
La historia del Partido Nacional, a quien naciera para servir, está llena de estos ejemplos de muertes trágicas de sus grandes hombres, a quienes segó su vida una bala en los momentos en que más los necesitaba la causa de la colectividad, que es la de la Patria. Ese es el rasgo común que identifica los martirologios de Leandro Gómez luchando por la Independencia, de Lavandeira, rebelándose contra el fraude, de Saravia, cuando con la batalla de Masoller ganada -y con ello el éxito militar asegurado de la Revolución con mayúscula- fue alcanzado con un certero disparo que decidió la suerte en contra, y la de Beltrán, caído en el campo del honor.
La historia enseña que fueron cuatro las grandes facetas que moldearon y galvanizaron su personalidad. Ante todo, su condición de padre de familia y jefe del hogar que formó con la señora Elena Mullin. A sus hijos varones, Washington y Enrique, avanzados cultores del ejemplo de su padre, les dejó la concepción del honor como un sencillo escudo de armas, de que nos hablara Shakespeare. Elena, recientemente fallecida, desbordó ternura y entrega en toda su obra social. La menor de las mujeres, Marta, nació después de la muerte de su padre, el día del cumpleaños de Batlle y Ordóñez. Luego, su preocupación por la cultura, su afán por democratizarla. También su vocación pacifista, manifestada al votar en contra la declaración de guerra en 1917, y su permanente lucha por la democracia y el perfeccionamiento de sus mecanismos a través de los cuales se expresa, como abanderado del sufragio y el voto secreto.
Y esa vieja sombra querida es la que nos ilumina todos los días cuando en el piso de la Redacción del diario, nos atraviesa con su mirada penetrante y lúcida, como invitándonos a seguir la bandera partidaria sin un paso atrás ni un solo renunciamiento.
Con las palabras de Leonel Aguirre, terminamos nuestro recordatorio: "Su muerte no sólo fue hermosa, sino también fecunda, como soberbia enseñanza de moral política".
Rodolfo Sienra Roosen.