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RIcardo Reilly Salaverri
Por estos días luego del inconstitucional acto partidario realizado por el Presidente Vázquez con el dinero de los contribuyentes, en el que hizo gala incluso de capacidades histriónicas -en verdad la oratoria no es su fuerte-, asistimos casi cotidianamente a expresiones de opinión de la ministro del Interior, merecida estrella de la temática murguera este año, en las que olvidando el carácter nacional del cargo, no deja de arengar con afán de barricada a sus huestes proselitistas.
En medio de una pérdida total de estilo, recordando que los desprolijos votan al "Pepe", con la súbita aparición del Intendente de Canelones que se suma a la brega interna del frentismo -encuestas de por medio- en el paroxismo de la desesperación otro que se las trae es Danilo, cuya empatía popular está dada por el hecho de que se sabe multitud de letras de murga de memoria (por suerte no se le da por cantarlas en los propicios informativos de la televisión).
En definitiva, es lógico que así sea, ya que todas estas interpretaciones de afilado nervio, se producen en medio del Carnaval más largo del mundo. Y no desentonan.
Cuando el ruido a urnas de las elecciones es perceptible, aparecen en la palestra izquierdista, afirmaciones tantas veces reiteradas como para transformarlas en verdad hitleriana, a las que por falsas y carentes de contenido es bueno brevemente evocar.
La primera, es la afirmación de que el país nació con el gobierno del Frente Amplio instalado en 2005, partiendo de la base de que antes de tal oportunidad aquí no hubo Nación, ni hubo una nada, más que fue una suerte de caos a la espera del "big-bang" movido por una cofradía de iluminados.
Artigas, Lavalleja, los Treinta y Tres orientales, Oribe, Rivera, Leandro Gómez, Bernardo Berro, Aparicio Saravia, don "Pepe" Batlle, Washington Beltrán, Francisco Lavandeira, Herrrera, Batlle Berres, Gestido, y Wilson -acortando camino- como personalidades históricas son el producto de una hipnosis colectiva, que nos metió en el subconsciente el imperialismo yanqui. De la que hemos despertado gracias a distinguidos -y ya aludidos- protagonistas del Carnaval más largo del mundo.
Y, lo más valioso históricamente de la república, sus instituciones democráticas, su estabilidad incomparable en términos regionales, la vocación de respeto por los derechos humanos, el desarrollo cultural vigoroso, y el sentido de solidaridad social que distinguió inapelablemente al país desde sus inicios, haciéndolo la Suiza de América o la Atenas del Plata, en realidad tampoco existe.
Es una triquiñuela de la oligarquía impuesta por métodos de magia negra, de los que nos hemos limpiado gracias a las poderosas manos de ángeles redentores, enviados por el dios Momo.
El desarrollo del agro, del Puerto de Montevideo, de la electrificación, de las carreteras y los puentes que recorren el territorio nacional, sus industrias -tantas veces tambaleantes- el desarrollo del comercio, la creación del Banco República, del Banco Central, de las empresas del Estado ahora transformadas en vacas sagradas, el agua potable y corriente, la educación, la asistencia sanitaria y todas las realidades que hacen que el país sea país (el Palacio Legislativo o el Estadio Centenario, si se quiere), distinguible de sus pares continentales, tampoco existen. Ha sido una ilusión óptica, que desde 2005 se ha vuelto realidad tangible.
¿Gracias a quiénes? A los inventores del churrasco.
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