Ruben Loza Aguerrebere
El pasado sólo se borra en apariencia: de hecho se transforma imperceptiblemente". La observación, que comparto, es de Alain Finkieklraut, en "La ingratitud".
Al escritor Juan José Morosoli vine a descubrirlo después de su muerte, pues yo le vi cuando era un niño. Lo veo aún, sentado al escalón de su casa, una noche de verano. En la infancia siempre es verano. Y así, muchas veces, cuando viajo a Minas, me he detenido ante su antigua casa, con la tentación de capturar aquel momento. Pero el ayer no vuelve. De todos modos, he recuperado a Morosoli, a través de otros caminos, porque (como afirmaba Octavio Paz) los escritores no tienen biografía: su obra es su vida, ya ella encierra el sentido de toda su existencia.
A 110 años de su nacimiento, Juan José Morosoli levanta su vuelo desde el pasado, y basta con leerle para recuperar sus esencias. Ellas nos llegan en sus cuentos memorables, en "Los albañiles de Los Tapes", en "Hombre y mujeres", en "Vivientes", en las permanentes andanzas infantiles de "Perico", así como en su deliciosa novela "Muchachos", donde buscó aprehender el tiempo en fuga con una prosa tersa como cantos rodados y a través de muchas de sus tribulaciones, sueños y ensueños. En fin: en "Tierra y tiempo" y en ese relato llamado "El viaje hacia el mar", que sin duda jamás soñó que una vez, muchos años más tarde, sería trasladado al cine.
Releer a Morosoli es como "pasar una mano por el lomo del pasado", para decirlo con palabras de Azorín. Con él nos llega un tiempo que ya fue, un tiempo que no conocimos, pero que a través de sus páginas de prosa desnuda se derrama sobre nuestro espíritu. Morosoli muestra la aventura terrestre del hombre, y realiza la transfiguración estética del terruño, su Minas natal, que es la raíz de todas las vidas imaginarias que viven en medio de ese círculo de colinas.
Un escritor es original, o no lo es. Si lo es, lo es de un modo profundo y simple. Tanto, que ni él mismo lo sospecha. Y Morosoli lo era. Sigue siéndolo, naturalmente, con su fidelidad a una línea módica, ajeno a las complejas estructuras (aunque sus cuentos tienen sutil línea vertebral) y logrando, como pedía André Gide, lo más con lo menos. El estilo es el hombre. El suyo era una forma del pudor y la modestia.
Morosoli era un sensitivo; no hay nada que sea solemne, altisonante en sus libros. Cazaba los pequeños detalles como si fueran mariposas clavadas con una alfiler, para recortarlas sobre el fondo gigante de la vida. Era un escritor de lupa, que definía lo grande por lo pequeño. No era un coleccionista de rarezas; era un coleccionista de lo cotidiano.
Una ciudad (Minas), y dos fechas (1899 y 1957), definen su orbe. Viajero inmóvil, se limitó a poner un espejo sobre el mundo, y gracias a ese culto, más que narrar un universo, lo observó y describió. Buscando evocar la menuda felicidad terrestre, terminó pintando el alma de su tiempo. Por eso, es un clásico.
NOVEDADES EDITORIALES. "Con los ojos del alma" se titula la reciente colección de la obra poética de Raúl Iturria, a quien debemos ensayos históricos así como un vasto tratado del folklore. Sylvia Puentes de Oyenard, en el prólogo, destaca cómo las leyendas americanas y nuestro mundo campesino, nutren este libro que "ofrece multiplicidad de estructuras". Su luz es clara como la de un juego estival.