Adiós a la selva

JORGE ABBONDANZA

Pulmón verde de América del Sur, la Amazonia cubre unos 5.000.000 de kilómetros cuadrados ubicados mayormente en Brasil, aunque abarca también zonas de otros siete países (Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana y Surinam).

La tragedia amazónica es la deforestación, porque su inmenso bosque es talado -o quemado- por variadas razones, como la explotación agropecuaria, la creciente colonización, el negocio maderero o las instalaciones hidroeléctricas.

Las cifras de esa deforestación también son gigantescas, porque en 2005 ya totalizaba 857.000 kilómetros cuadrados, lo cual permite calcular que entre los años 2000 y 2005 la selva fue destruida a razón de 27.200 kilómetros cuadrados anuales. Eso equivale a la sexta parte del territorio uruguayo cada doce meses. En la actualidad ya se ha perdido el 18% de la Amazonia.

El problema inicial ha sido el avance de la población humana, que en 1970 se estimaba para toda el área en 5.000.000 de personas (un individuo por kilómetro cuadrado) pero en 2007 alcanzó a 33.500.000 habitantes, totalizando el 11% de la población de esos ocho países amazónicos. Conviene agregar que las comunidades aborígenes de la región alcanzan apenas a 300.000 individuos, diezmados por la avalancha demográfica de las últimas décadas, incluido el aluvión de los garimpeiros en busca de minas de oro, un fenómeno que ha destrozado no sólo el ecosistema sino también la cultura indígena y el hábitat de esas tribus.

La amenaza a la biodiversidad amazónica está a la vista: ya se registran 26 especies extinguidas, pero hay otras 644 en peligro crítico de desaparición y unas 3.820 en creciente riesgo o en estado de vulnerabilidad dentro de la prodigiosa fauna del área, por no hablar de la destrucción de la flora.

Por la Amazonia circulan 15.000 kilómetros cúbicos de agua al año, el 40% de los cuales corre por los ríos mientras el resto sube a la atmósfera en un proceso de evapo-transpiración de los bosques, que después vuelve a caer en forma de lluvia sobre el resto del continente. No hace falta hablar de la calamidad climática que se produciría si llegara a desaparecer esa colosal fuente de humedad. Pero las amenazas siguen aumentando a medida que el mercado internacional demanda ciertos productos, no solamente la soja -cuyo cultivo prospera en la Amazonia- sino además la carne vacuna. En 1994 había en la zona correspondiente a Brasil 34.700.000 cabezas de ganado, pero en 2006 ya eran 73.700.000.

Esas y otras estimaciones acaban de ser formuladas por un estudio del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en base a informes del Instituto Brasileño de Investigación Ambiental de la Amazonia y del Centro Peruano de Investigación de la Universidad del Pacífico. Según la opinión de numerosos especialistas consultados, las conclusiones del trabajo abren para el futuro más de una perspectiva, desde un moderado optimismo hasta una visión muy sombría sobre el destino de la selva.

En cualquier caso, los ritmos de depredación de esa entraña sudamericana son por ahora tan alarmantes como para conmover a cualquier observador que mantenga sus ojos abiertos y su cabeza en debido funcionamiento. Claro que a veces el hombre no se sobresalta hasta que la catástrofe se desploma sobre él.

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