Los aniquiladores

JORGE ABBONDANZA

Cuando la humanidad tome conciencia de las maravillas patrimoniales que se pierden con las guerras, sabrá que los escombros son el testimonio visible de los crímenes que esas guerras han cometido contra la historia, la cultura y la herencia artística de los pueblos. Durante la Primera Guerra Mundial, los bombardeos alemanes demolieron el Mercado de Paños de Ypres (Bélgica), que era el mayor edificio civil levantado en la Edad Media en toda Europa. En la Segunda Guerra, esos mismos alemanes pulverizaron la catedral gótica de Coventry, pero los bombardeos aliados incineraron el centro barroco de Dresde, el puerto hanseático de Hamburgo y el casco medieval de Nuremberg, por no hablar de los complejos palaciegos de Berlín y sin olvidar el destrozo que el sitio nazi de Leningrado perpetró en las residencias imperiales de esa ciudad que ahora se llama San Petersburgo.

La lista no termina allí. Sesenta años después de aquellas catástrofes, Estados Unidos invadió Irak buscando lo que ahí no había (armas de destrucción masiva, terroristas de Al Qaeda) y una de las mayores víctimas de esa conquista fue el Museo Nacional de Bagdad, custodio de una fabulosa colección de piezas arqueológicas de la aurora misma de la civilización, desde Sumeria y Babilonia hasta Asiria y el reino persa. Los norteamericanos, que colocaron una robusta guardia militar en el Ministerio del Petróleo, no se ocuparon de vigilar igualmente la sede del Museo, de manera que ese tesoro artístico fue saqueado durante semanas, de la misma forma en que desaparecieron las reliquias de la Biblioteca Nacional y del Conservatorio. Ahora se calcula que del Museo fueron robadas entre 13.000 y 14.000 piezas de enorme valor, buena parte de las cuales se comercializó en el mercado negro del arte.

El diplomático japonés Koichiro Matsuura dirige la Unesco desde hace una década y finalizará su mandato a fin de año. Hace unos días estuvo de paso por Buenos Aires y anunció que su institución -el brazo de Naciones Unidas encargado de la Educación, la Ciencia y la Cultura- ha logrado financiar tres grandes tareas de restauración. La primera será (cuando las condiciones bélicas lo permitan) la reconstrucción de los Budas gigantes de Bamiyán en Afganistán, dinamitados por los talibanes. La segunda podrá ser la recuperación de la célebre mezquita iraquí de Samarra, aplastada por un atentado en el que se perdió su fabulosa cúpula dorada. Y la tercera será la restauración del Museo Nacional de Bagdad, a lo que agregó que ya se han recuperado unas 10.000 de las piezas rapiñadas, aunque añadió que "el resto será muy difícil de localizar". Hay que decir adiós a esos 3.000 o 4.000 objetos preciosos.

Semejante dato ilustra el lugar secundario que el arte ocupa en las preocupaciones de la gente. Porque en estos seis años nunca se produjo un clamor ante el saqueo del Museo de Bagdad, más allá de algunas denuncias periodísticas, lo cual demuestra la patética indiferencia colectiva ante un desastre cultural. En estos días, los montevideanos pueden ver en la rambla de Pocitos un despliegue fotográfico sobre el Museo del Louvre. Sería bueno colocar allí mismo las constancias gráficas de cómo quedó desde 2003 el Museo de Bagdad.

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