Italianos

MARCELLO FIGUEREDO | LAS COLUMNAS

El inefable cavaliere Silvio Berlusconi se ha puesto más papista que el papa: mientras Avvenire, periódico fundado por Pablo VI, defiende que desde sus páginas jamás se llamó boia (verdugo) a Beppino Englaro, y acusa a las agencias noticiosas de haber "deformado" su editorial, Il Giornale, diario que pertenece a la familia del primer ministro italiano, ha tildado al padre de Eluana de asesino. Adjetivos al margen, Berlusconi ya se había embarcado en una furibunda campaña pro vida (artificial, claro) intentando prolongar la agonía de la mujer mediante un decreto express, lo que lo llevó a enfrentarse no sólo con el Tribunal Supremo sino también con el Senado y el presidente de la República. Un verdadero cruzado.

Pero lo curioso del caso es que la noche en que Eluana por fin murió, mientras la RAI y otras cadenas cambiaban su programación para plegarse al debate político, ético y religioso que tenía al país en vilo, Canal 5, una de las televisoras del grupo Mediaset, propiedad de Berlusconi, mantuvo al aire la novena edición de Grande Fratello. La obsesión por el rating llevó a que Enrico Mentana, director editorial de Mediaset, renunciara avergonzado a su cargo, aunque el empecinamiento dio sus frutos: la versión local de Gran Hermano fue el programa más visto la noche del lunes (con ocho millones de televidentes en promedio), porque los italianos prefirieron las falsas lágrimas de un falso reality a seguir descendiendo a los abismos de la real realidad.

Tal vez hicieron bien. El affaire Eluana Englaro (17 años en coma, cuatro escasos días de supervivencia una vez que la Justicia permitió retirarle la sonda que la alimentaba e hidrataba) había sacado a relucir lo peor del país convirtiéndolo en una opera buffa: curas que piden pantalla para ventilar casos de comas reversibles, políticos de un mismo partido que se insultan entre ellos y amenazan con trompearse, santurrones fundamentalistas que acusan de asesino a un padre cuyo único delito ha sido golpear las puertas de los Tribunales para pedir ayuda, y un largo etcétera.

En La Repubblica, Ezio Mauro escribió: "Con la instrumentalización de una tragedia nacional y familiar, y los ecos oscuros de quien intenta transformar la muerte en política, empieza la fase más peligrosa de nuestra historia reciente". En El País de Madrid, Roberto Saviano, el periodista condenado a muerte por la mafia napolitana, publicó una carta instando a sus compatriotas a pedirle perdón a Beppino Englaro, al que la otra Italia ve hoy como un héroe laico, un ejemplo de civismo y el verdadero caballero. "Es gracias a hombres como Saviano y Englaro" -escribió Laura, una lectora- "que no me avergüenza ser italiana".

Y en cuanto a nosotros, tan lejos y tan cerca, nos queda otro consuelo: en la rambla de Pocitos están Leonardo, Tiziano, Caravaggio y otros maestros a la vista. Son reproducciones, naturalmente. Pero en medio de tanto horror a la italiana pueden servir para recordarnos que también es allí donde siempre ha renacido la belleza. Coraggio.

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