LEONARDO GUZMÁN
Concluida la Feria, se completó la mudanza de los Civiles. 25 de Mayo 523 estará vacío y silencioso hasta que lleguen los Laborales, hoy dispersos. El edificio transitó robusto tres cuartos de siglo. Hasta los 60, allí palpitaban todas las materias no penales. Después se desgajaron Trabajo, Familia, reparatorio estatal, Concursos… Instalados 8º y 9º turnos unos años en la Casa de Giró, al advenir el proceso oral -1989- se estrenó una decena de Civiles en San José casi Gutiérrez Ruiz.
Pero con sus corredores y sus barandas anchas -madera dura, sin conglomerado ni formica-, la vieja sede conservó hasta diciembre su blasón de Casa Matriz. En sus paredes, silenciosas estos días, se nos entrelazan las voces de maestros inolvidables con dignísimos anónimos. Y por encima de pugnas duras y hábitos cambiantes, resuenan los ánimos de millares de prójimos que subieron los nueve pisos del viejo edificio sintiendo el pleito como su apuesta de vida.
Por sobre triunfos, derrotas y destinos, esos ánimos merecen meditación. Desde Roma antigua a Montevideo 2009 las cuestiones que llegan a los tribunales no son de Derecho puro. Son dramas de la vida que buscan remedio -parcial, compensatorio- en los principios y las distinciones relevantes del pensar vivo que se espera del Derecho.
Por eso, en la pausa del edificio-símbolo, merecen eco las angustias, los dolores y los sufrimientos de quienes allí acudieron -extraviados inclusive. Esperaron en fila minutos ante los ascensores y años ante la decisión. Al plantear su pretensión propia o al resistir la ajena, pusieron en movimiento resortes íntimos que son dignos de entenderse y sopesarse, ampliando los horizontes de comprensión y juicio, incluso cuando -humana falibilidad- hayan quedado sin cumplir las exigencias de máxima.
A lo largo de las décadas de los Civiles en 25 de Mayo nos desembarcaron las teorías formalistas germánicas e intuicionistas latinas. Vinieron nada menos que Kelsen y Carnelutti. Después, importamos las modas realistas y relativistas; y mientras declinaban los sentimientos normativos y prosperaba el "corte y pegue" cibernético, abandonamos las reglas de interpretación hasta hacer sentir a la ley como un pronóstico borroso -en vez de presumirla conocida e imperativa como manda el Código.
Nada de eso, transitorio, borrará del hombre la sed -afectiva- de reglas generales que realicen, en cada aquí y ahora, los ideales del Derecho que, a medida universal, renacen en cada persona de carne y hueso.
El pensar jurídico es lógico, cuasi matemático: abogados y escribanos construimos edificios con ideas. Eso nos obliga al rigor, pero no nos autoriza a encerrarnos en jerigonzas para iniciados: el Derecho, cimentado y pulsado por los valores, es hijo también de lo que pensaron y enseñaron gentes de criterio que no supieron la letra de la ley.
Ya elegantemente mudados al edificio que fue de ONDA, nuevos Civiles llaman a nuevas fatigas. Notificaciones por Internet. Avances.
Pero el progreso más reclamado es que se articule el Derecho como ciencia constitucional de los principios para cada caso concreto.
Y eso no depende ni del presupuesto ni de lo bruñido de los pisos sino de la sensibilidad y el discurrir de abogados y Jueces.
En definitiva, el proyecto republicano del Derecho manda unificar, en exigencia de luz al servicio de la justicia y la libertad, la cultura de los juristas y la de los demás mortales.