Hebert Gatto
Es un hecho que José Mujica se caracteriza por un decir ambiguo. Si de ello es responsable el Altísimo o un "mix" de molicie con farfullo cazurro, es tema que poco debería importar, si no fuera porque el hombre pretende la Presidencia de la República. Una vez más lo prueba el ambicioso reportaje de Búsqueda con el que cerró el año. Que también muestra, cuan peligroso es su pensamiento, cuando se remonta a los fundamentos últimos de sus concepciones políticas.
Comienza sorprendiendo al destacar lo que para una democracia significa el Parlamento como caja de resonancia de la sociedad. Que un alto representante de la izquierda tradicional se desmarque del caudillismo revisionista, para reivindicar la representatividad del Parlamento, es noticia bienvenida. Al igual que lo es que prometa delegar funciones sin sentirse el hombre de la providencia. Lástima, como bien ha señalado el Dr. Gonzalo Aguirre, que por ignorancia de la Constitución, desconozca competencias y pretenda otorgar al vicepresidente, integrante del legislativo, funciones de otro poder.
Pero lo que realmente preocupa es cuando el reporteado destaca las bases de sus proyectos sociopolíticos apelando a una metafísica de tono hegeliano. Aquí su inspiración de reformador moral se vuelve diáfana, sin los balbuceos habituales: el hombre, proclama, debe vencer la alineación (refiere a la alienación), superar su "dependencia material" para consagrarse a los bienes del espíritu. "Si uno se deja arrastrar por la alineación de la sociedad de consumo no hay plata que te alcance, no tiene fin, es infinito" Los nuevos tiempos, remata, requieren un "hombre nuevo", hay que remontarse a la Biblia, o más cercanamente al Che Guevara (un "paradigma"), para rescatar en ellos una humanidad diferente.
No por eso debe inferirse que Mujica proponga el socialismo de los pobres, el tercermundismo de los incontaminados, a lo Fanon o Mao, que hacían de las carencias una ventaja política. Sin advertirlo, la frugalidad que desea para los individuos aisladamente considerados, la niega para las sociedades como su agregado. Una sociedad pobre -dice- está obligada a racionar permanentemente, por eso, a diferencia de Cuba, el socialismo será consecuencia del excedente económico. Cómo conciliar ambos designios -ciu-dadanos carenciados con sociedades materialmente ricas-, no es asunto que preocupe a nuestro moralista.
Quizás de allí su identificación con un anacrónico puritanismo ascético, del tipo que según Max Weber, habría propiciado, sin saberlo, al capitalismo.
A Mujica lo fastidia que sus críticos le enrostren su pasado. Pero poco hace por evitarlo. Persiste en creer que cabe a la política modificar la humanidad. Aun cuando ya no pregona la revolución armada, sigue añorando su objetivo: el hombre nuevo, la pesadilla de un sistema fabricando individuos plenos, realizados, seguros y sin mácula.
Chacareros de mañana, filósofos al atardecer y políticos en el entretiempo. Parecidos a él. Siempre con la justa. Los mismos que prometía el Documento 1 con dos rotundas citas del Che. Los mismos que el MLN educaría "como una gran escuela donde ya se aspira a formar el hombre nuevo" (Actas tupamaras), y que ahora Mujica, ofrece, como otrora, trasladar al Uruguay entero.