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MIGUEL CARBAJAL
Luego de una enfermedad cruel se acercó la muerte y puso fin a la que había sido una de las carreras más exitosas que se hayan producido en la pintura uruguaya.
Ángel Tejera fue bendecido desde muy joven por el favor popular. Era casi un chiquilín y los compradores hacían cola frente a la panadería de su padre para llevarse los óleos frescos, como el pan que se conseguía abajo, de un plástico con un poder de comunicación de realce. Sólo Vicente Martín había tenido una acogida similar en el país. Su éxito se dio sobre todo dentro del público argentino, hasta el punto que durante años se trasladó con su familia a Buenos Aires, no bien llegaban los primeros fríos, para que la fertilidad del ciclo no se interrumpiese. Argentina tiene una relación provechosa con los artistas uruguayos, excepto con los pintores. Figari se transformó en un maestro reconocido después que lo valoraron en Buenos Aires, donde también residió. No fue el único, pero casi.
Wildmann es otro pintor con trayectoria porteña. Iturria es el último. Pero ninguno tuvo el reconocimiento económico que durante un largo tramo rodeó a Cacho Tejera. Manejaba un lenguaje muy seductor y elegía con ojo de mercado los temas de sus series. Fueron decenas, desde los niños pobres pintados con paleta baja, muchas veces montados en juguetes, hasta sus hermosísimas mujeres con capelina; los cuadros firmados por Tejera eran un regalo para los marchands que lo trabajaban. Speyer construyó en torno a Tejera, y a Solari y Damiani, el éxito inicial de su galería.
Era un hombre ocurrente, con un sentido del humor a menudo demasiado explícito. Solía adecuar su verdadera personalidad al personaje pueblerino que los argentinos imaginaron para él. Había tenido una acelerada llegada a la difusión pública a través de un episodio que tuvo una enorme repercusión policial. Eso fue en los Cincuenta.
Luego apareció el pintor seguido por multitudes veraniegas. Con su chispa habitual solía describir el ambiente familiar donde se había formado, con mujeres de vestidos negros con polleras largas y ancianos que parecían escapados del medievo ibérico. Era ocurrente y gracioso y tenía una cuenta pendiente con su ego. Un pintor que trasciende tan rápidamente en torno a temáticas comerciales era envidiado por sus colegas pero no reconocido. Le sobraba destreza técnica. ¿Qué le faltaba?
Algunos decían que luchar contra sus facilidades, exigirse a sí mismo, ponerse frente a un espejo. En muestras finales, ya respaldado en la cartera de Galería Latina, su último refugio, imaginó planteos más ambiciosos, con espacios compartimentados en nichos, arrancados de un alarde del oficio. Dividía sus cuadros con un sentido casi constructivista y trabajaba sus recuerdos con un regodeo visual que él sabía manejar como pocos. Terminó siendo de los más vendedores, pero no el mejor pintor. Todo el mundo sabe que le fue muy bien económicamente, pero hubiera querido un par de aplausos que no le llegaron.
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