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Domingo 02.11.2008, 04:08 hs l Montevideo, Uruguay
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Internacional

Nápoles Territorio de la Camorra

Recorrida. La ciudad italiana, sus sueños y sus miserias, la rebeldía y la resignación, según los testimonios de sus propios pobladores

NÁPOLES | MIGUEL MORA, EL PAÍS DE MADRID

Doce del mediodía. El 19 de septiembre, día de San Gennaro, fiesta mayor en Nápoles. En la catedral, el cardenal arzobispo de la ciudad, Crescenzio Sepe, habla, micrófono en mano, delante del altar. Un año más, el centro de su homilía es la Camorra, la mafia napolitana. La noche anterior, a sólo 20 kilómetros de la ciudad, un grupo de sicarios ha ametrallado a seis emigrantes africanos y a un italiano.

Sepe define a los pistoleros como "serpientes venenosas", y les dice: "Entreguen las armas, estas armas con las que hoy están matando. Mañana los matarán a ustedes, a sus familias y a sus hijos. Esta tierra, esta ciudad, no puede morir y no morirá. Lo repito con fuerza y convicción, porque el pueblo napolitano tiene consigo el coraje de sus raíces y de su identidad". Sólo unas decenas de fieles escuchan al cardenal.

San Gennaro ha hecho el milagro de licuar la sangre de la ampolla un rato antes, a las nueve y media de la mañana, como hace puntualmente tres veces al año, y los napolitanos han dejado la catedral seguros de que nada malo podrá sucederles hasta el siguiente milagro. Al fin y al cabo, San Gennaro es sólo uno más entre los miles de dogmas y contradicciones de esta ciudad en la que conviven la Camorra y la religión, la superstición y el miedo, la desesperanza y la lucha, la miseria y la solidaridad, el fútbol más apasionado de Italia y, tal vez, las mejores cabezas del país.

Fuera de la catedral, en el centro histórico, un hervidero de gente llena las calles, bellísimas y tocadas por un halo de suciedad antigua, por la gracia de las sábanas colgadas, los altares populares a los otros dos grandes santos (Maradona y Totó), el cesto que la mamma lanza al hijo con una cuerda desde la ventana para enviarle la llave, o el tabaco, o el dinero olvidado, y evitar así que el chico tenga que subir a pie otra vez.

Calles y cuestas y callejones parados en el tiempo, 2.800 años de historia, con monumentos barrocos de quitar el hipo, callejuelas empinadas del barrio de los Españoles, vecinos que discuten y vocean, coches que circulan por sitios inverosímilmente estrechos, miles de tiendas minúsculas, quioscos de quincallería, perros y gatos, niños jugando, mujeres sensuales, hombres capaces de meter miedo con una mirada.

Y en medio de todo ello, la Camorra. Las últimas estimaciones señalan que la mafia napolitana factura 21.250 millones de dólares anuales en droga, 7.250 en negocios públicos y privados, 5.875 en extorsión y usura, 1.250 en tráfico de armas, 725 en prostitución… En total, cerca de 37.500 millones de dólares anuales. Según esos cálculos de las instituciones antimafia, la facturación global de las cuatro grandes bandas italianas (Camorra, Cosa Nostra, `Ndrangheta y Sacra Corona Unita) no baja de los 125.000 millones de dólares por año.

La vida en Nápoles fluye ajena al mundo, como si su alma hubiese renunciado al enloquecido sprint del progreso y el consumo. Apenas hay marquesinas de marcas globales, y la ciudad vive y regatea mucho más asomada al pasado que al futuro.

"Ves Nápoles y después mueres", según el dicho. Pero demasiadas veces los napolitanos mueren mientras la están viendo. La región encabeza las listas de muertes violentas de Italia, seguramente de Europa. Desde 1979, la Camorra ha firmado 3.600 homicidios. Un récord más letal que el que suman, juntos, la Mafia siciliana, ETA y el IRA. Sangre con coca: sumando los datos de las Fiscalías Antimafia calabresa y napolitana, La `Ndrangheta -la mafia calabresa- y la Camorra mueven cerca de 600 toneladas de cocaína cada año.

Atada a sus viejos tópicos y vicios, avergonzada de su propia omertá (código de silencio), familiar y limitada, furiosa contra el racismo que magnifica siempre sus malas noticias, Nápoles sigue existiendo, tratando de vivir y respirar, de ver alguna luz. Sus habitantes sufren, pero no se callan. Unos culpan al Estado; otros, a la historia. Todos filosofan, opinan, maldicen.

Pese a todos los peros, la ciudad sigue siendo un lugar fascinante, pero mucho menos moderno que en tiempos de los romanos, cuando era la única gran ciudad europea que contaba con agua potable en las casas. La Nápoles de hoy se conforma, simplemente, con que no haya basura en las calles.

Y ahora las calles están por fin (más o menos) limpias otra vez. Toda una novedad, porque la emergencia de la basura dura ya 14 años, lo que permite a un humorista local hacer el chiste fácil: "¿Pero se puede saber dónde diablos estáis tirando la basura?".

"La basura está en los vertederos", responde el escritor y periodista Roberto Saviano. "Berlusconi ha firmado un pacto con las autoridades locales, ha metido el Ejército en los vertederos, ha impedido que los jueces y la población bloqueen las descargas y ha solucionado así el asunto. Pero es una solución frágil, momentánea. Lo importante no es la basura, sino los residuos tóxicos. Campania está envenenada y tiene el índice más alto de cáncer del Mediterráneo. Siete mil muertos al año".

Saviano merece un tratamiento especial (ver nota aparte). Sin su voz, Nápoles parece muda. Pero conozcan antes a otros napolitanos.

El "manager" sensible. Andrea Aragusa, de 41 años y mirada franca, es el primer guía del viaje. Es productor artístico, organiza festivales y conciertos, y lleva la carrera de diversos artistas, como el saxofonista Enzo Avitabile. Aragusa es un tipo inquieto, y colabora en acuerdos artísticos con el extranjero. "Se acabó la monarquía y empezaron los problemas del sur", dice. "De hecho, en el referéndum de la posguerra, el sur votó monarquía. Antes, con la unidad de Italia había nacido el `brigantaggio`, el bandidaje napolitano. Eran una especie de no alineados de la unidad, vivían en las montañas porque no querían integrarse. Paraban las caravanas y las asaltaban. Ése es el origen de la Camorra. De ahí nace todo".

Salvatore, el dueño del restaurante, nos explica luego los secretos de la comida napolitana. "Es pobre y antigua. La pizza y la pasta son la base fundamental. Las salsas, el ragú…, tienen carnes distintas, que están un día entero cociendo. El día clave es el domingo. Se empieza a comer a las dos y se acaba a las siete". Pero es en las bodas donde las familias tiran la casa por la ventana. "Almejas y mejillones crudos, algas, croquetas de patata, salamis, callos, manitas, morro… El antipasto (aperitivo) no acaba nunca". ¿Y ha evolucionado? "Cambia mucho, porque hay millones de locales. Pero Ferran Adria(cocinero y empresario gastronómico español, miembro de la "alta cocina"), aquí, cerraría".

Aragusa tiene tres hijos y todavía cree en el futuro, pese a que conoce bien la Camorra y los tejemanejes políticos de la ciudad. "Tenemos una música riquísima, un barroco espléndido, los tambores que se tocaban en Pompeya, unos cantos campesinos sin tonalidad, maravillosos, tenemos la canción napolitana, el Oh sole mio y la canción neomelódica que adoran los camorristas. Tenemos de todo, el problema es que no funciona lo ordinario, lo normal, lo básico. Los autobuses, los estacionamientos. Al metro llevan 12 años ampliándolo, y el segundo año que hicieron la Noche Blanca en la ciudad hubo que suspenderla porque en la Piazza Dante la gente se metió ahí, no cabía, y casi hubo muertos por aplastamiento".

Un drama doble: hay talento, pero no se puede desarrollar. "Nos falta normalidad, tranquilidad, orden público, Estado. Que la niña pueda hacer deporte cerca de casa, que la madre pueda bajar al niño al parque, que el Ayuntamiento recoja la basura, que pongan contenedores. Aquí no se puede vivir".

Antes de solventar todo eso, Nápoles tiene otros planes. La ciudad se prepara ya para albergar el Fórum de Culturas 2013. Será en Bagnoli, una deprimida zona ex industrial. De manera que Aragusa insiste en pagar la cuenta del restaurante y en que vayamos a ver al concejal de Cultura, Nicola Oddati.

El concejal ateo. Se ve que Oddati anda ocupado con el Fórum: tarda 50 minutos en recibirnos. Pero merece la pena. Lleva perilla y collar, fuma en pipa, va vestido de negro, tiene 44 años, nació en Salerno, hincha por el Inter, y tiene éxito con las mujeres. "Llevamos 15 años invirtiendo en cultura para luchar contra la Camorra y mejorar la imagen de Nápoles", explica. "Hubo una fase de muy buenos resultados, de gran vitalidad cultural, abrimos los dos museos y el teatro Mercadante. Ahora hemos montado el Festival de Teatro Italia. Pero es verdad que la basura ha sido una losa tremenda, enorme…". El Fórum, la cita que albergó ya Barcelona con resultados poco alentadores, debe ser para la ciudad "la bandera del nuevo renacimiento", afirma Oddati. "(El primer ministro, Silvio) Berlusconi ha dicho que nos apoyará. Es fundamental revitalizar la ciudad, generar recursos contra el desempleo juvenil, mover esta bellísima ciudad ".

¿Es Nápoles una víctima del racismo del Norte o merece sus estereotipos? "Hay las dos cosas, racismo y culpa. Debemos dar una imagen mejor, respetar más las reglas, defender la ciudad, estar más orgullosos de nuestra identidad, dejar nuestra inclinación al disfattismo (deshacer), al nonsipuotismo (no se puede hacer), y dar una imagen de ciudad moderna, organizada. Tenemos autoestima individual, nos falta la colectiva".

El abogado filósofo. Gerardo Marotta, de 81 años, hombre sabio y entusiasta, sigue siendo uno de los grandes cerebros de la ciudad. Director del Instituto para los Estudios Filosóficos, que continúa la obra del gran filósofo italiano, y napolitano, Benedetto Croce, Marotta vive "para formar una minoría de jóvenes que pueda luchar contra ese mar de negociantes y de mala vida".

El Instituto da decenas de becas cada año, y Marotta trata de mezclar reflexión, estímulo y acción. Es un marxista convencido. Por mediación del artista Giuseppe Zevola, otro resistente, el filósofo nos invita a su casa, un palacio situado en el barrio de Monte di Dio que cuelga sobre la bahía. Hay que entrar por la cocina porque tras la puerta principal tiene una barricada de libros que se extienden hasta el enorme salón, el comedor, los dormitorios. Marotta aparece tocado con su borsalino, se sienta y da su visión dialéctica de la situación: "El Instituto sirve para combatir a la nueva burguesía. La burguesía del gestor de basuras, del cemento, de la intermediación financiera, del saqueo de las empresas del Estado, del saqueo urbanístico, de la droga. Ese gran negocio no es el pequeño comercio de los pobres reclutas del subproletariado, sino el sustento de una burguesía que no estudia y no paga impuestos. El sur es cada vez más un sitio de gente que no lee. Somos un reducto viscoso: sin nervio, sin voluntad, sin memoria histórica. Y es cada vez más difícil vivir en esta ciudad".

Hace cuatro siglos, la culpa de los males de Nápoles la tenían los Borbones. El 7 de julio de 1647, Masaniello, un napolitano rebelde, levantó al pueblo contra los españoles al grito de "¡Viva il re di Spagna, mora il malgoverno!". La república independiente napolitana duró apenas 10 días, pero forzó al rey a aceptar las reivindicaciones. Masaniello empezó a comportarse como un déspota estrambótico, fue acusado de loco y acabó asesinado por sus propios correligionarios.

Hoy, según Marotta, la televisión impide cualquier atisbo de rebelión. "Presenta una falsa Italia, la Italia del divertimento, de los concursos, de las locutoras, de las adivinanzas. ¡Pero la vida es otra cosa!".

Pero él no se rinde. "Croce decía que no hace falta mirar al elemento inerte, flaco, pesado, átono y desganado de la sociedad, sino al elemento activo, a esa parte de la sociedad que se mueve. Los intelectuales, o mejor, los hombres de cultura, sufrían también mucho en aquel tiempo, pero acabaron haciendo la unidad de Italia, se impusieron a esa masa inerte. Hoy no quedan hombres de cultura, sólo intelectuales sedientos de dinero y poder cuya tarea es montar una representación periodística y mediática para privar a los jóvenes de la conciencia y la sabiduría".

¿Y cuál es entonces el elemento activo? "La mafia, la Camorra, el nuevo capital, que se ha aliado en bloque perverso con la política". ¿La esperanza, entonces? "Los jóvenes que salen de la Universidad, del Instituto de Filosofía, del Instituto de Estudios Históricos de Croce, del de Biología y Genética, del de Cibernética". Y una pequeña burguesía que será la salvación: "Los empleados de archivos, bibliotecas y patrimonio, y los maestros. Si ellos se movilizan se podrá derrotar al bloque social. No tienen periódicos ni televisiones, pero ganarán, como pasó en el Risorgimento. Y lo harán desenmascarando a los intelectuales bufones".

Si se le pregunta qué responsabilidad tiene Berlusconi en esa decadencia, Marotta lo piensa largamente. "Él se encontró la Italia de Tangentópolis, un país completamente corrupto. Una Italia que no sabía gobernar, que no tenía hombres de Estado, en la que socialistas y comunistas estaban ya dispersos. Un país en manos de los banqueros y los poderes fuertes, que saqueaban los bienes públicos… Él maniobró en medio de esa porquería, de esa inmundicia. ¿Qué podía hacer? No iba a decir `¡Italianos, volved a estudiar!`. Se encontró en el barro y lo está maleando, hace estatuillas que parecen hombres políticos. Pero ni Berlusconi, ni Prodi hacen lo que quieren. Por encima siempre están los poderes fuertes. Nosotros no los vemos porque somos pequeños, pero ellos sienten su soplido en el cogote".

extranjera resistente. Nathalie Dolores Heidsieck es francesa, pero sabe de Nápoles y de Italia más cosas que muchos nativos. Hija de una pareja de amigos de William Burroughs y de la generación beat, llegó a la ciudad en 1993, el año en que Berlusconi ganó las elecciones por primera vez. Heidsieck era periodista y vendedora de alfombras persas, y se instaló en un gran apartamento situado en el Palazzo Spinelli, en la zona de Spaccanapoli, la calle que parte en dos la ciudad. "Me llamaban la extranjera. No había ninguno más. Era una ciudad blindada, cerrada y pobre. Se parecía a Praga". Hoy se gana la vida como galerista de arte contemporáneo y hotelera. Las dos cosas a la vez, en esta Nápoles sin turistas desde hace un año largo, son una garantía de ruina. Pero Heidsieck resiste, dirige la asociación cultural Locus Solus y está dispuesta a morir aquí. "La amo más que a nadie, y la odio. Esta ciudad es de una belleza que ya no existe".

Su hotel se llama El Purgatorio y es un gran piso de cinco habitaciones escondido en otro palacio del XVI, el Marigliano. Rubia, flaquísima y ágil, Heidsieck nos conduce hacia una trattoría cercana y allí nos da su pequeña lección de historia: "Estados Unidos mantuvo a Nápoles blindada y bloqueada durante medio siglo desde el final de la II Guerra Mundial. Llegaron con el apoyo de Lucky Luciano a Sicilia, y desde ahí subieron. El acuerdo fue que se quedaran con el Sur como puerto franco para importar sus bienes: alcohol y tabaco, sobre todo de contrabando".

Cien años antes, la unidad de Italia había entregado el poder al norte del país, y Nápoles, "que había sido la ciudad más importante de Europa hasta 1850, se quedó anclada en el pasado, fuera del circuito de los viajes románticos a Venecia, Florencia y Roma. Entre 1870 y 1945 emigraron millones de personas".

"En 1993, la ciudad era un paraíso de corrupción, burocracia y parálisis", continúa Heidsieck, "pero como la mejor parte de ser francesa son los genes del decir no, pese a todos los problemas me quedé. La ciudad estaba muerta, la Camorra surgió por pura necesidad. Tras el terremoto de 1980, los americanos se habían ido del centro a Bagnoli. 20.000 soldados dejaron el centro. EE UU había financiado universidades, investigación, laboratorios, industrias, pero no el comercio. El comercio era suyo, y las únicas opciones que tenía la gente eran estudiar o gestionar. Lo demás estaba en manos del crimen. La gran burguesía fingía no darse cuenta, porque el sistema movía mucho dinero. Y se creó una bestia monstruosa. Un Estado putrefacto y corrupto, y una Camorra eficaz y que daba de comer. Inseparables".

Acaba el viaje. Sigue lloviendo sobre el Casertano. La Camorra ha envenenado durante 20 años las aguas subterráneas de esta zona depositando allí las basuras tóxicas de Milán, Parma, Venecia. Nápoles es Gomorra, y el Vesubio, un balneario comparado con lo que se cuece en la ciudad. Sus días gloriosos, Pompeya y Herculano, Pulcinella y Croce, quedan muy lejos. También la II Guerra Mundial, cuando la ciudad vivió otra famosa revuelta: Los Cuatro Días de Nápoles. La gente se rebeló contra los nazis. ¿Volverá a pasar algo semejante? ¿Y contra qué?

Artistas al servicio del ocio de la mafia

Estamos yendo al Casertano, la zona de Casal del Príncipe, el feudo de los Casalesi. Sigue siendo el día de San Gennaro, y en Lago Patria, a 30 kilómetros de la ciudad, hay una boda camorrista. Allí actúan Cocó, de 55 años, y Albertuccio, de 42. Son humoristas de bodas, bautizos y comuniones, llevan siete años juntos y hacen sceneggiata, la palabra local que designa el talk show o cabaré. Su mundo es el circuito paralelo del espectáculo: fiestas y ceremonias de la Camorra y allegados. Cobran 875 dólares por actuación. Como hoy es fiesta, su representante, Salvatore, les ha cerrado cuatro: "Dos bodas, un bautizo y luego una plaza".

El circuito del espectáculo camorrista es una actividad fiscalmente tan oscura como todas las demás. De él comen cientos de actores y cantantes neomelódicos. Todos cobran en negro, por supuesto, así que no hay impuestos que declarar. La jubilación es una preocupación menor en este ambiente, donde no es fácil que la vida se prolongue tanto. "Vamos ahorrando y no pensamos en el futuro. En Nápoles preferimos ser leones un día que ovejas cien días. No tenemos pretensiones, estamos acostumbrados a arreglarnos con poco, y sabemos que la realidad es difícil de cambiar", explica Cocó. Afuera del hotel-restaurante Prince Garden, donde es la fiesta, podrá llover y la sangre teñir el suelo. Pero dentro es la normalidad, un día de celebración.

"Somos artistas de calle, de los buenos", cuenta Albertuccio. El Prince tiene amplísimos salones refrigerados y un estacionamiento-jardín con palmeras y fuentes desmesuradas. Las Cascadas, el local de al lado, sigue también el estilo "Scarface" que tanto gusta a la Camorra. El representante cuenta que el negocio renta porque muchos napolitanos piden créditos a la Camorra para tirar la casa por la ventana el día de su boda.

Si se le pregunta a Cocó, Ciro Maggio en la vida real, traje a rayas, reloj espectacular, gafas de diseño, la Camorra no es una cosa excepcional. "Crimen y basura hay en todas partes", explica, "pero sólo se habla de la de Nápoles porque somos la coartada. Del norte y del mundo. Los napolitanos son buena gente. Aquí siempre ha habido problemas, pero la gente no se abate. Somos solidarios, muy sociales".

¿Piensa que puede acabar la Camorra? "Debería cambiar el Gobierno. La Camorra existe desde los Borbones. Siempre ha habido acuerdos entre los gobiernos y la Camorra. La política es Camorra, y la Camorra es política. El problema es que el napolitano no tiene trabajo. Si lo tuviera, no haría eso. Antes tenía el contrabando, ahora tiene esto. Y las víctimas son los jóvenes que no tienen otra salida". el país de madrid

El País Digital

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