A poco de comenzar su mandato, Tabaré Vázquez habló de una "estatua de Mahoma" ubicada en el parque Rodó. Rápidamente lo corrigieron al advertirle que la estatua era de Confucio y, de paso, informarle que la religión islámica prohíbe la reproducción artística de la figura humana. Es de esperar que en su reciente viaje a Arabia Saudita, el presidente no haya recaído en el error y se haya centrado en hacer negocios con una monarquía medieval nutrida por los petrodólares. Un país sin partidos políticos, sin sindicatos, en donde la pena de muerte se aplica a delincuentes comunes y a quienes reniegan de la fe islámica para abrazar el cristianismo. Pero negocios son negocios y no se mezcla la política con ellos. La izquierda aprendió la lección y a eso le llama "cultura de gobierno".