Pacientes

Soy un hombre de mucha paciencia. Hemos recorrido un largo camino y entendemos que hay que poner un límite". Esas palabras fueron dichas por el intendente municipal de Montevideo en mayo de este año y aludían al largo conflicto con Adeom, pero la paciencia del jerarca fue mayor de lo que él mismo suponía, porque el acuerdo con ese sindicato de los trabajadores comunales recién se firmaría en octubre, cinco meses después de pronunciada aquella frase. Como se recordará, el origen del problema debe ubicarse a fines de 2002, cuando la anterior administración municipal firmó con los funcionarios un convenio que les aseguraba ajustes salariales por el 100% del IPC (Índice de Precios al Consumo). Luego de ese gesto de magnanimidad vendrían seis años de tironeos, abarcando instancias judiciales, medidas de fuerza, desacuerdos y picos de violencia.

Los habitantes de esta ciudad, que se limitaron a presenciar esa maratón de discordias mientras seguían pagando abundantes tributos, también pueden ser individuos armados de mucha paciencia, han recorrido un largo camino como contribuyentes de la Intendencia y entienden igualmente que en la relación con los organismos públicos hay que poner un límite. En su calidad de vecinos de los barrios montevideanos, comprueban que los barrenderos municipales pasan cada vez menos o simplemente han dejado de pasar, lo cual es doblemente grave en una época del año donde se acumula -y vuela- la pelusa de los plátanos, por ejemplo. Los ciudadanos toleran esa falta con mucha paciencia, similar a la que ejercitan para aceptar lo inaceptable, como el encuentro con un menor de edad zambullido en el contenedor de la esquina cuando van a depositar allí su bolsa domiciliaria. Mucha paciencia vuelven a emplear luego para razonar que los vecinos cumplen la operación contraria a la de esos exploradores de desperdicios, ya que introducen en el contenedor lo que los otros sacan para volcarlo a su vez en un carro con o sin caballo. Con ello el esmero diario de los vecinos y el cuidadoso itinerario de sus residuos, es anulado por la actividad opuesta de los hurgadores, que también recorren un largo camino. Muchos vecinos consideran que habría que poner un límite a dicho descalabro del sistema, pero nadie lo pone.

Pruebas diarias de paciencia siguen dando los automovilistas montevideanos (que abonan una empinada Patente de Rodados, además de un seguro igualmente voluminoso), cuando deben sortear en pleno tránsito los riesgos que plantea la flota cada día mayor de bicicletas, motos y motonetas. Como cualquiera puede comprobar, ese ejército de birrodados se desplaza muchas veces a contramano, cruza con luz roja y caracolea entre las filas de vehículos sin que nadie lo amoneste, lo instruya, lo sancione o corrija su comportamiento, aunque también allí habría que poner un límite. Pero los automovilistas son gente de mucha paciencia, sobre la cual pesa -ahí sí- todo el catálogo de multas que aplica la Intendencia, que en cambio se distrae cuando enfrenta irregularidades cometidas por motociclistas o carritos de basura. Es que la autoridad municipal maneja distintos códigos para aplicar su paciencia y poner sus límites. Todos deberíamos tener iguales derechos y obligaciones ante las normas, pero por lo visto algunos son más iguales que otros.

Mucha paciencia debe desplegarse cuando se inicia un trámite ante el Centro Comunal Zonal -ese baluarte de la descentralización- para denunciar (según aconseja la propia Intendencia) un árbol cuyas raíces levantan la vereda y hasta el umbral de una casa, porque en el CCZ informan que se está atendiendo la lista de denuncias de hace tres años, y por lo tanto habrá que tener paciencia antes de que le llegue el turno al denunciante de hoy. Entonces lo más saludable es poner un límite a la ansiedad y aprender a esperar, para lo cual no habrá más remedio que recorrer un largo camino.

¿Qué haría la Intendencia si los contribuyentes se agremiaran y adoptaran medidas de fuerza cuando consideran que los servicios que obtienen no son proporcionales al monto de los tributos que pagan? ¿Qué pasaría si ese nuevo gremio se movilizara, dejando de cumplir con sus obligaciones como medida de protesta? No llegaría, por supuesto, a los extremos agresivos de Adeom, como insultar a un jerarca que padece la etapa terminal de una enfermedad, irrumpir a gritos en la sala de sesiones del gabinete municipal o patear la puerta del despacho del intendente. Tendría en cambio la conducta de quienes disponen de mucha paciencia y saben que en todo hay que poner un límite.

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