PABLO DA SILVEIRA
Hubo un tiempo en que el aprendizaje del Idioma Español se volvió un ejercicio opresivo. En un clima de interrogatorio policial, los alumnos debían repetir de memoria la lista de preposiciones, o conjugar tortuosos tiempos verbales.
Los resultados no eran buenos, y eso llevó a introducir cambios. En los años siguientes se empezó a hablar de "gramática generativa", "semiótica", "pragmática" y otras palabras que resultaban exóticas para cualquier vieja maestra vareliana. Pero los resultados no sólo no mejoraron, sino que probablemente se hicieron peores. Las mediciones de aprendizaje realizadas por ANEP y las pruebas internacionales como PISA revelan que nuestros alumnos tienen serias dificultades con su lengua materna. La opinión predominante entre los docentes universitarios es que los estudiantes que llegan desde la enseñanza media son masivamente incapaces de producir textos bien escritos.
¿Cómo explicar tanto fracaso? La respuesta más tranquilizadora consiste en apelar a causas ajenas a los centros de enseñanza. La pobreza y la disolución del núcleo familiar serían los responsables. Pero basta observar lo que pasa dentro del sistema educativo para entender que allí reside al menos parte de la explicación.
La sensación que deja la lectura de los programas y los libros de Idioma Español es que sus autores no quieren enseñar a leer ni a escribir, sino jugar a los lingüistas. Los libros de texto que utilizan los alumnos de primero de liceo incluyen frases oscuras como esta: "El morfema léxico puede constituir por sí la palabra: morfema base, o agregarse: morfema léxico derivativo".
El lenguaje que hablan los docentes incluye expresiones tan innecesarias como "enunciados oracionales". Y nada de esto ocurre a espaldas de las autoridades. El documento oficial que presenta la reformulación de programas aprobada en 2006 marca el tono: "el sentido que los alumnos atribuyen a su actividad lingüística y, en consecuencia, los significados que pueden construir al respecto, implican una compleja dinámica de intercambios comunicativos".
Las señales que reciben los docentes son inadecuadas, y las que reciben los alumnos son peores. Nadie parece recordar que no se trata de formar lingüistas, sino de preparar a los alumnos para que hagan un uso mínimamente adecuado de su lengua materna.
Hace pocas semanas apareció un libro titulado "Palabras más, palabras menos", que fue preparado por tres docentes de la Universidad Católica (María Cristina Dutto, Silvia Soler y Silvana Tanzi). La obra promete proporcionar "herramientas para una escritura eficaz", y eso es justamente lo que hace. Llama la atención encontrar tanta sencillez y consejos sensatos en tan pocas páginas. Alguien podrá decir que es apenas una guía práctica, pero el punto es que eso es lo primero que necesitan los alumnos. Si además consiguen dominar el análisis literario y ser expertos en lingüística, tanto mejor. Pero venimos fallando en cosas mucho más elementales.
El programa de Literatura de primer año de Bachillerato se propone lograr un "egresado autocrítico y autónomo que no sólo aprenda a adaptarse a los cambios, sino también a promoverlos". Sería bueno que se propusiera un egresado capaz de leer y escribir correctamente. Eso sería verdaderamente igualitario.