DIEGO FISCHER
Su historia es conocida pero merecería ser contada una vez más en una novela. Quizás un día alguien la escriba -seguro que si Gabriel García Márquez hubiera estado en su casa ya lo habría hecho- porque son muy pocos los habitantes de este planeta que pueden darse el lujo de que el sol los visite cada tarde antes de ocultarse. Es un rito que lleva más de medio siglo y que conoció sólo una interrupción allá en 1972, cuando en los Andes se perdió uno de sus hijos y él no cejó en buscarlo hasta que apareció. Tal vez esas visitas sean el premio por haber descubierto uno de los lugares más lindos del mundo, y construido allí un símbolo reconocido hoy en todas partes. Entonces nació la leyenda que las mareas y el viento, que golpean los acantilados de la zona, se encargaron de llevar primero a la otra orilla del Río de la Plata y del Atlántico después. Porque la naturaleza tiene esos gestos: premia a quienes la honran. Y levantar en un peñasco una casa que mantiene siempre sus puertas abiertas para quienes quieran entrar y descubrir en ella todos los colores del arco iris en el horizonte o plasmados en telas; es un tributo y una tarea titánica. No fue un trabajo sencillo, ni estuvo exento de críticas. Qué raro ¿no?: un uruguayo que hace cosas en su país y triunfa mucho más allá de su comarca, es fustigado en su propia tierra por su obra y su obrar.
Se sabe no hay leyendas sin personajes legendarios. Es sabido también que las mareas suelen devolver a la orilla lo que un día se llevaron. Y el mar regresa hoy a Casapueblo el cariño, el afecto y la hospitalidad que su mentor prodigó a los cuatro vientos. Es bueno recordar que ese hombre legendario se llama Carlos Páez Vilaró y que hoy cumple 85 años; tan vital y lleno de planes como aquel otro 1° de noviembre de 1957, cuando escaló por primera vez las rocas de Punta Ballena y comenzó a construir su propia leyenda.