Siempre el hombre

LEONARDO GUZMÁN

Para aclarar el asesinato que perpetraron uniformados en la seccional 12ª, fue esclarecedor el testimonio de Javier Arenaza, del Cuerpo de Radio Patrulla. Recibió amenazas. No tuvo miedo de hablar: honró la mejor tradición de nuestra guardia civil.

La ministra del Interior, Daisy Tourné, lo distinguió y generalizó el ejemplo: "Quiero reconocer a los buenos policías que denunciaron esta situación. Me parece un gesto de grandeza y honestidad que debe reconocerse."

Concordamos sin ambages. Merece galardón quien obedece el supremo deber de legalidad, pues, como dijo la ministra, el que actúa afuera de las reglas básicas "no es policía, es delincuente", por lo cual, frente a lo horrendo, hay que confortarse cuando "salen a la luz conductas totalmente distorsionadas y la Justicia actúa con celeridad".

Si de la escoria de una afrenta como ésta salió una luz afirmativa de valores fue porque, por sobre los hechos, se alzó el espíritu de algún o algunos protagonistas. Como siempre.

Desde hace años, se puso de moda la idea de pertenencia a tal o cual sector, según la cual cada individuo se mira desde afuera y se siente por dentro con la identidad que le imprime su grupo.

Paralelamente, se hizo habitual aplicar a las conductas grupales la medición por grandes números: en una situación equis, el 72 % de los policías reaccionarían de tal forma, el 21 % de tal otra y el 7 % restante no sabe o no contesta.

La pertenencia parece fuente de "buen compañerismo" y las tabulaciones llenan monografías; pero ni una ni otras atienden el papel del hombre concreto que, inspirado por muchos libros o unos pocos refranes, prefiere elevarse y no encharcarse.

Es que por encima de la pequeña pertenencia a tal o cual oficio, "hay una profesión universal que es la de hombre": a ella no se pertenece. Por ella, se es. Buena parte de la presente caída del modo de convivir es el resultado de habernos aflojado por dentro las exigencias de ese profesar universal.

La lección que debe dejar el episodio es que, si los siente, el hombre puede elegir sus valores por encima de costumbres ajenas, riesgos y amenazas.

En el caso, esos valores ostensiblemente inspiraron al policía-testigo que reveló la verdad, al Juez Nelson Dos Santos que entró a la Comisaría a interrogar y reconstruir in situ y al Fiscal de Policía Héctor Di Giácomo que colaboró.

Cada uno en lo suyo cumplió su deber, pero no reduciéndolo a completar fórmulas y llenar el ojo con la apariencia procesal de hacer algo sino con el vigor, las ganas, el estro -es decir, el aguijón del arte aplicado a lo que se hace-.

¡Cuántos crímenes estarían aclarados, y no impunes, si esta actitud fuera tan general que esta conducta noble pasara inadvertida! ¿O no conocemos todos situaciones adonde el desempeño no ha sido ejemplar? Pero es cuestión de calidad de hombre.

Todos los días, en temas obviamente menos sórdidos, nos topamos, en cualquier baranda pública o privada, con diferencias de clima y de resultados… según quién nos atienda.

Finquemos, pues, la esperanza en el eterno retorno de personas que prefieren la verdad y el bien -la ley en sentido permanente- a su pequeño interés de corto plazo.

Salgan del anonimato o no, son la infraestructura de la vida civilizada: de ellas pende el combate que de instante en instante contra la esclerosis de sistemas y procedimientos.

El ejemplo vale más que el episodio.

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