Antonio Mercader
Por primera vez en el gobierno del Frente Amplio la cancillería uruguaya protestó con ganas la intromisión de un gobernante argentino en nuestros asuntos internos. Ya era hora.
Fueron muchas las intrusiones y alusiones que se dejaron pasar desde que la izquierda asumió el gobierno. En aquel momento, bien desde el principio, un figurón de Casa Rosada se proclamó artífice de la mayoría de votos lograda por Tabaré Vázquez. El secretario de Medios de Comunicación, con rango de viceministro, Enrique Albistur, dijo que él "armó una campaña de afiches y un festival para juntar fondos para trasladar votantes a Uruguay". Cuando Vázquez asumió la presidencia, Albistur todavía se jactaba del "voto Buquebús" y su "manito desde Buenos Aires". Nuestra cancillería no reaccionó pese a la enormidad que era oír a un gobernante argentino cacareando que metió la "manito" en las elecciones uruguayas.
Tampoco lo hizo cuando el presidente Kirchner y uno de sus ministros se declararon insatisfechos porque en Uruguay, a pesar de las excavaciones, no atinaban a encontrar los restos de la nuera de Gelman. Era una injerencia, pero se pasó por alto. Lo mismo ocurrió cuando Alberto Fernández, jefe del gabinete ministerial, distinguió entre piquetes intolerables y tolerables. Intolerables, los de la protesta agraria en las rutas argentinas; tolerables, los de Gualeguaychú.
Otra vez, silencio en la cancillería.
El mismo silencio que se guardó cuando voceros de Casa Rosada opinaron que quienes cortaban puentes con Uruguay ejercían su derecho a la libre expresión. O cuando el canciller Taiana, rechazó los reclamos uruguayos alegando que su gobierno no podía impedir los cortes de puentes. O cuando el ex presidente Kirchner, en su carácter de primer ciudadano, en plena trifulca con el agro citó la política agropecuaria uruguaya como un mal ejemplo para los productores argentinos. O cuando Cristina Kirchner, al momento de asumir la presidencia, le reprochó el tema Botnia a Vázquez allí presente.
El último capítulo fue el de Mujica viajando seguido a Buenos Aires y acopiando elogios en ámbitos oficiales incluida la residencia de Olivos. ¿No fue un exceso? Aquí a nadie se le movió un pelo, pero allí alguien habló de más porque, refiriéndose a Mujica, otro subsecretario argentino, Eduardo Sigal, comentó: "Ojalá que todos los sectores del Frente Amplio y todos los funcionarios de la cancillería uruguaya escuchasen aunque sea un poco lo que dice".
Aunque se ignora qué había que escucharle a Mujica, esta vez los responsables de nuestra cancillería no podían mirar para otro lado. Allí estaba Sigal exhortándolos a imitar al senador tupamaro, una forma de avisarles a nuestros diplomáticos que van por mal camino. De paso, el subsecretario argentino de Integración y Mercosur atacó la posición uruguaya en el Mercosur y -pecado mortal- censuró a Tabaré Vázquez por haber trocado su inicial rechazo a las plantas de celulosa.
Ahora sí la cancillería hizo lo adecuado: un fuerte comunicado manifestando el "desagrado nacional" con lo dicho por Sigal cuya actitud, tildada de "intromisión", se juzgó "improcedente" e "inaceptable".
El primer sorprendido debió ser Sigal a quien se le hizo el campo orégano dada la alegre impunidad con que los funcionarios argentinos venían aludiendo a Uruguay o inmiscuyéndose en sus asuntos internos. Ahora, al menos, ya están todos advertidos.