Son todopoderosos. Hacen lo que quieren y deshacen todo aquello que no les gusta o no conviene a sus intereses, que ellos anteponen a los de todos los demás. Nadie se anima a llevarles la contra. En este país, sin importar si gobierna la izquierda o la derecha, siempre mandan ellos.
Visten de saco y corbata, pero el que los busca siempre los encuentra. Son intocables. Si alguien los despide, alguien tiene que absorberlos. Si nadie los absorbe, todos los demás pagamos la cuenta. Si es tiempo de vacas gordas ellos se llevan la parte del león. Y si viene la malaria, ellos no se enteran. Porque siempre encuentran la forma de pasarnos la factura, para que contribuyamos a mantener sus injustificados privilegios.
Los trabajadores bancarios nucleados en AEBU nunca pierden. Ellos dicen lo que hay que hacer y el que no hace caso lo paga caro. Los otros sindicatos les tienen miedo. Los empresarios se cuidan de tirarles de la cola. Y los gobernantes se inclinan, reverentes, ante sus caprichos.
Ahora resulta que la Caja Bancaria, la niña bonita que durante tantos y tantos años permitió a los bancarios retirarse con jubilaciones que provocaban la envidia de muchos profesionales universitarios, ha dado quiebra. O al menos eso nos dicen. No sería raro, después de todo. ¿O es que acaso pensaban que menos bancos y menos aportantes iban a ser compatibles en el tiempo con pasividades del primer mundo?
La bolsa sin fondo no dio más. Y los bancarios volvieron a pasarnos a todos la factura. Lo hicieron muy bien. Como siempre. Primero dijeron aquí y allá que la plata se terminaría pronto. Después le pusieron una fecha. En marzo de 2009 ya no habría dinero para pagar pasividades, aseguraban. ¿Quién era el ministro que tenía que encontrar una salida al problema? Astori. ¿Y quién era el dirigente político de este país más interesado en que en marzo de 2009 el país no quedara paralizado por un conflicto bancario generado por la falta de respuesta de un gobierno de izquierda? También Astori. AEBU comenzaba a ganar otra vez.
El ministro, que hacía ya tiempo estaba contando los días para comenzar su campaña electoral, se abocó a encontrar una solución al problema. Los bancarios pusieron sus condiciones. Como siempre. La salida llegaría con el aporte de todos. Los bancos pagarían. El Estado, que somos todos, pagaría. ¿Acaso importaba que el mal manejo de la Caja Bancaria no hubiera sido responsabilidad de ninguno de nosotros? Para nada. Sólo importaba no molestar a estos señores, y garantizar que pudieran seguir cobrando sus jubilaciones de privilegio por más tiempo.
Pero la cuenta no daba. Así que AEBU empujó al gobierno a aprobar en Consejo de Ministros un proyecto de ley que, de ser aprobado por el Parlamento, obligará a miles de uruguayos que trabajan en otras empresas a comenzar a aportar a la Caja Bancaria. ¿A alguien le importa que estos trabajadores no tengan la culpa del colapso de esta caja? Parece que no. ¿A alguien le interesa que haya estudios que afirmen que estos trabajadores, a los que se obliga a aportar a otra Caja, cobrarán pasividades más bajas cuando les llegue el tiempo de jubilarse? Menos. ¿A nadie le importa que el Estado tenga que pagar la cuenta para que los bancarios sigan viviendo en su País de las Maravillas? A nadie.
El proyecto ya está en el Parlamento. Y los uruguayos deberíamos mirar hacia allí, para saber quiénes cuidan nuestro dinero y quiénes son los que, con tal de no molestar al todopoderoso sindicato bancario, son capaces de levantar la mano para votar un proyecto que no soluciona nada, aunque mantenga calmadas a algunas fieras.
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