Trouville era una fiesta

ANTONIO MERCADER

Y no estoy hablando de alguna victoria de los rojos de Pocitos, sino de la convención del Partido Nacional congregada en el gimnasio de Trouville el sábado pasado. Entre todas las convenciones blancas, ésta fue la más alegre, juvenil y convocadora de la unidad partidaria que recuerde. Buen síntoma para un partido político que está 10 puntos por encima de lo que figuraba en las encuestas hace cinco años, cuando iniciaba su carrera hacia las elecciones. ¡Diez puntos y en ascenso! Y a sólo seis puntos de distancia del Frente Amplio que sigue estancado hace tiempo en el mismo porcentaje de simpatizantes.

Fue un acto vibrante, aunque sin arrebatos, marcado por la tersa relación que mostraron tener entre sí los candidatos. Hubo francos elogios de Luis Alberto Lacalle al presidente saliente del directorio, Jorge Larrañaga. Y un abrazo espontáneo entre ambos -al que se sumó Carmelo Vidalín-, que levantó la mayor ovación de la tarde. Más que competidores, los candidatos actuaron como correligionarios conscientes del valor de la unidad, virtud cardinal en un partido que sabe que la desunión es su principal enemigo.

Las tribunas, teñidas de colores celeste y blanco, rebosantes de gente joven, saludaron con aplausos cada apelación a la unidad y toda vez que los candidatos, sin ahorrar sonrisas, se hicieron recíprocas ponderaciones. Los únicos gestos adustos se destinaron al adversario, el partido de gobierno cuya actuación mereció críticas de los oradores en rubros tales como la seguridad, la educación, la reforma tributaria y la política internacional desarrollada hasta ahora. Hubo palos personalizados, en especial los de Lacalle a Danilo Astori, a quien marcó -sin nombrarlo- como el saboteador de la presencia opositora y controladora de los blancos en los entes autónomos, y como el imprudente que acusó al nacionalismo de procurar el "vaciamiento institucional" durante la interpelación por el fracaso de Pluna.

¡Vaciamiento institucional! La democrática convención del sábado, de un partido que se apresta a elegir a su candidato no entre cuatro paredes sino en elecciones abiertas a todos, es el mejor mentís a la temeraria acusación del ex ministro de Economía. (Huelga decir cuán bueno sería para las instituciones que el Frente Amplio le pusiera contenido a sus internas llamando a votar por sus candidatos el próximo 28 de junio en vez de vaciarlas mediante un acuerdo de cúpulas o un congreso digitado).

Empero, ni siquiera la evocación de las atrevidas palabras de Astori pudo empañar la fiesta de Trouville, un rectángulo de básquetbol que, en 1984, había sido escenario de una dramática convención nacionalista que debió resolver si, con Wilson Ferreira preso, participaba en las elecciones.

En efecto, en aquella asamblea pasó de todo, incluida la asistencia de un ilustre invitado, Adolfo Suárez, uno de los líderes de la transición española a la democracia, quien vino a Uruguay para pedir la libertad de Wilson y quien tuvo el honor de ser expulsado del país por la dictadura militar.

Más de uno debió recordar el sábado pasado aquella turbulenta convención cuyo protagonista en ausencia fue Wilson Ferreira. Su retrato se alzaba en el estrado, pero más importante que eso, imperaba el espíritu de aquella, la que fue su última consigna dirigida a los líderes partidarios pocas semanas antes de su muerte: "No se peleen cuando yo no esté".

Esta convención del club Trouville confirmó que el postrer consejo de Wilson caló hondo.

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