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Gustavo Penadés
Semanas atrás, los montevideanos nos encontramos en las esquinas de la ciudad con jóvenes que no querían vender, mendigar o entregar volantes publicitarios. Eran chicas y chicos que, con alcancías, pedían dinero para ayudar a construir casas para los más pobres. Al tiempo, otros jóvenes voluntarios, en lugares diversos, levantaban las viviendas. Todos convocados por la idea de que "Un Techo para mi País" es una iniciativa a la que vale la pena dedicar tiempo, esfuerzo e incomodidades.
La misma, originada en Chile y hoy extendida por diversos países de América, pone de manifiesto muchas cosas. Una es la importancia de la iniciativa de la sociedad para apoyar a las familias más necesitadas. Desde la misma sociedad surgen ideas y proyectos que procuran apoyar a otros componentes de la misma que están pasando mal. No es el Estado, sino jóvenes que emplean su ingenio y voluntad al servicio de los que peor están pasando, en un ejemplo de generosidad y compasión digno de los mayores elogios.
Por otra parte, queda demostrado una vez más, también, que es posible involucrar a las empresas en programas de bien público, en el ejercicio de la responsabilidad social empresarial.
Quedan expuestas, así mismo, las graves deficiencias del Estado a la hora de ocuparse de los problemas de vivienda y, más en general, de los llamados "temas sociales". Quizás la raíz misma del problema radique en la despersonalización del tema.
Estamos acostumbrados a la expresión "problemas de vivienda", cuando esos problemas de vivienda consisten, en definitiva, en el que "Juan y su familia" o en que "Rita y sus hijos no tienen lugar en dónde vivir". Porque los problemas de vivienda de un país son los problemas de personas concretas, que necesitan que co-mo tales se las considere, y no como un número más en los planes ministeriales.
Sabemos de sobra que las viviendas aludidas no son una solución definitiva, y que son criticadas por muchos de los que se sacan el cartel de "saber del tema". Pero son algo mucho mejor de lo que se tiene, ayudan a dar esos primeros pasos hacia la autodignificación, y conllevan el mensaje de que una parte de esa misma sociedad está preocupada y ocupada por esos compatriotas; en definitiva, una luz de esperanza en un futuro mejor. Los que participan del programa no reciben una dádiva, sino una mano, en un proceso en el que el beneficiario tiene su cuota parte de responsabilidad para seguir adelante.
Asimismo, la experiencia también pone de manifiesto las carencias del gobierno a la hora de asumir la cuestión de la vivienda. En el caso, transcurrido casi la totalidad del tiempo de la administración, recién se anuncian planes y programas que, en general, no toman en cuenta la situación de los más necesitados.
Mevir y Un Techo para mi País, al igual que otros pro-yectos no tan conocidos, nos muestran un camino por donde transitar. La conjunción del esfuerzo por superarse, la ayuda para dar los primeros pasos, y la colaboración de una sociedad que está segura de que los recursos que aporta serán bien utilizados.
Cuando tanto se escucha declamar acerca de la solidaridad, vemos en los jóvenes voluntarios de "Un Techo para mi País", solidaridad en el aquí y ahora. Un ejemplo del que todos deberíamos aprender.
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