FERNANDO MANFREDI
El pasado sábado, en el Teatro Solís, subió a escena el segundo título de la temporada de ópera de la Filarmónica. La representación de "Madama Butterfly" fue memorable.
Siempre se dice que el compositor de una obra escribe para ser leído, visto u oído, pero en el caso de la música, depende del intérprete para traducir su emociones con eficiencia y calidad, como para conmover al público y sensibilizarlo. De lo contrario, su creación jamás se transformará en sonido, ni dejará de ser un conjunto de signos sobre un pentagrama.
Esto viene a cuenta de que el sábado todo un equipo de gente formado para este segundo título de la temporada de ópera, brindó una magnífica, equilibrada pero también creíble Madama Butterfly.
Como no había sucedido en Il Trovatore, aquí se vio una labor de conjunto, donde cada parte sumó su talento al resultado final. Desde el coro, impecablemente conformado y regido por Ignacio Pilone -que hace pensar que va a ser muy difícil prescindir de él en próximas puestas- hasta el cuidado y cinematográfico movimiento escénico de Massimo Pezzutti, el espectáculo pereció fluir con naturalidad y armonía.
La puesta tuvo clase y jerarquía, nada fue gratuito o forzado. El director francés Martín Lebel, no sólo confirmó, además acrecentó la buena impresión que causó su paso fugaz por la Filarmónica. Preciso, claro, brindó a los cantantes el apoyo musical necesario para que estos, en escena, se expresaran con libertad y eficacia. Su aproximación a la música pucciniana surge de un convencimiento interno pero también de una precisa comprensión. Decía en entrevista con El País que, en Madama Butterfly, el italiano tenía muchos puntos de contacto con Debussy, y su lectura precisamente los puso en evidencia.
Oyendo esta música siguiendo el perfecto entramado dramático, que resulta superior a la pieza teatral de Velazco, es posible darse cuenta por qué de todos los operistas "clásicos" Puccini es el que sigue teniendo vigencia en toda su obra. En Madama Butterfly, toda su inteligencia, cultura, inventiva y sensibilidad están explícitas y en carne viva.
Lo bueno fue que también los cantantes rindieron tributo al gran músico y a su obra. Magnífica Eico Senda comprendió a las mil maravillas la idea de Pezzutti y le dio a su heroína una movilidad y corporización como hace mucho tiempo no se veía. Mucho más actriz que cantante en este caso, hizo de su voz un instrumento más, para conmover al espectador. Su Butterfly no es sólo la obra del conocimiento, demuestra un amor profundo por el personaje, al que deja crecer y le da vida.
Federico Sanguinetti, que debía lidiar con ese fiel de la balanza que es el ético Sharpless, contrapuesto al irresponsable y pusilánime Pinkerton, conformó una labor muy atendible. Fue bueno observarlo dominar sus movimientos con seguridad y soltura.
Volcado todo el peso sobre la protagonista, los demás personajes de la ópera de Puccini, forman parte del mecanismo que desarrolla efectivamente la historia. No obstante hay momentos brillantes donde le disputan la primacía: el duetto de Butterfly y Suzuki y el terceto de Suzuki, Sharpless y Pinkerton del tercer acto. En esos papeles, cada uno de los cantantes cumplió una tarea remarcable. Descontando el oficio y la experiencia de César Augusto Gutiérrez, la argentina Alejandra Malvino se destacó con su Suzuki. Gerardo Marandino recibió justos aplausos por su corrupto Goro al que dotó de una expresión física casi ofídica y Ariel Cazes imprimió a su breve Bonzo una sombría elocuencia, usando con eficiencia su amplio registro.
Pero en conjunto todos los rubros rayaron a gran altura. La escenografía y luces de Juan Carlos Creco, el magnífico y colorido vestuario de Stella Maris Müller y como no destacar a una Filarmónica de Montevideo que sonó rematadamente bien, para vestir esta Madama Butterfly que dejó a todos con ganas de más ópera.