JORGE ABBONDANZA
María Eva Duarte (1919-1952) no sólo pasó a la historia como Eva Perón. También pasó al teatro, al cine, a la ópera, al nomenclátor y a las letras, hasta alcanzar una magnitud que ya se vislumbraba en el meteórico curso de sus 33 años de vida. Casada con Juan Domingo Perón en 1945, volcó sus energías en una obra social muy entusiasta y en una actividad política que la mostró como oradora bravía, dotada de una habilísima demagogia, una rabiosa intolerancia y una fe ciega en el programa de su marido. Antes y después de su muerte las multitudes la adoraron, colocando su efigie en altares domésticos que se han mantenido hasta hoy. Esa estampa era la de un ícono, con pelo tirante y rodete, vestida por Christian Dior y enjoyada con una magnificencia que ha sobrevivido tanto como su memoria. Venerada por unos y odiada por otros, Eva hablaba en privado con el desparpajo propio de una figura de extracción popular. Esos y otros contrastes -los de su turbio itinerario de actriz previo a la fama- son los que le han dado un perfil apasionado y violento que luego se volvió fascinador, asegurando el largo recuerdo de una vida tan corta.
La cantante Nacha Guevara repuso hace cuatro días en el Teatro Argentino de La Plata un espectáculo musical que se titula brevemente Eva y que está envuelto en varios despliegues: 134 personas en el equipo, 600 trajes de época para engalanar a la compañía, 5 toneladas de escenografía, orquesta de 14 instrumentistas en el foso y canciones de Alberto Favero, viejo socio artístico de la protagonista. Los eventuales viajeros uruguayos con interés por el género musical, deben saber que Eva seguirá en cartel en esa sala hasta fin de mes, pero podrá verse en el Lola Membrives de la calle Corrientes entre el próximo mes de octubre y marzo de 2009. Con sesenta y pico de años sobre unas espaldas de esbeltez inmortal, Nacha sigue al pie del cañón y es capaz de engatusar a quienes ya la aplaudían en sus recitales del Instituto Di Tella (Nacha de noche, Anastasia querida) hace cuatro décadas, enseñando que es tan indestructible como la abanderada de los humildes.
Parece oportuno agregar que la Guevara había estrenado Eva en el Maipo, en la temporada 1986, al regreso de su largo exilio en España y México. Tuvo entonces un éxito moderado, aunque esa resonancia podrá ampliarse ahora, bajo un régimen peronista, considerando que el gobernador de la provincia de Buenos Aires figura como productor del espectáculo. En varios sentidos, Nacha es tan astuta como Evita, aquella mujer que sabía convocar a los descamisados y los apabullaba detrás del micrófono que empuñaba en el balcón. Ese modelo es el que han procurado imitar en cine las actrices argentinas (Flavia Palmiero, Esther Goris) y norteamericanas (Faye Dunaway, Madonna), aunque también tuvo réplicas en teatro (Luisina Brando, Soledad Silveyra), fue el centro de una ópera-rock que pedía a los argentinos no llorar por ella y ha sido el motor de varias biografías, la más penetrante de las cuales lleva la rúbrica de Tomás Eloy Martínez.
Ahora Nacha vuelve a visitar a Eva, cuando han pasado 22 años de la versión anterior y 56 de la muerte del personaje. El tiempo no corre para esas mujeres y tampoco para el mito de una figura política que no ocupó ningún cargo oficial pero atrapó en cambio el ánimo de la gente, tanto en vida como desde el féretro donde sigue embalsamada.