Mi país

MARCELLO FIGUEREDO

Antes, mucho antes de que me ganara la vida como periodista; antes de que publicara una sola línea en la prensa (fue con el recordado Homero Alsina Thevenet en El País Cultural, todo un honor para mis veintipocos años); antes de que me inscribiera en el viejo Instituto de Filosofía, Ciencias y Letras para estudiar Comunicación Social; e incluso antes de que decidiera encarrilar seriamente mi vocación, yo aprendía el oficio leyendo este diario que hoy cumple 90 años.

No puedo recordar si lo hacía conscientemente o no, pero sé que cuando iba al encuentro de Jorge Abbondanza y me topaba con su prosa redonda y punzante al mismo tiempo, con esos elegantes latigazos que inician sus notas y críticas, con esos remates tan musicales como contundentes, ya estaba bebiendo buen periodismo de un tirón. Hoy sigo pensando (con o sin permiso de los demás colegas y de los demás medios) que Jorge es el mejor de nosotros, y quiero aprovechar este domingo orgulloso, en que El País celebra nueve décadas de vida, para saludar y agradecer su talento. Lleva 43 de los 90 años del diario dejando su marca en estas páginas. Nadie discutirá que se lo merece. Nadie discutirá cuánto las honra.

Cada lector empieza el periódico por donde quiere. Están los que van directo a las páginas de deporte, los que manotean el Gallo Luis antes que ninguna otra cosa, los adictos a las caricaturas de mi amigo Arotxa. Yo prefiero hacerlo en orden, de adelante hacia atrás, pero hasta hoy suelo apurar la hojeada en busca de las palabras de Abbondanza para después leer el resto con menos ansiedad. Mi avidez por abrir el diario para contrastar opiniones, aprender algo nuevo y ver más allá de mis propios ojos, siempre estará ligada al entusiasmo que me despierta su firma.

Le debemos tanto. Ha elevado nuestras miras estéticas, tarea titánica en un país que se ha ido deslizando progresivamente hacia la fealdad; nunca ha cejado como batallador cultural, y ha mantenido los ojos abiertos y el espíritu crítico no sólo ante el cine, el teatro o las artes plásticas, sino también en terrenos menos amables, como la economía mundial o la política internacional. Tiene un oficio feroz y un talento descomunal.

A Abbondanza le gusta decir que su generación fue educada para vivir en un país que ya no existe. Es cierto, pero yo agregaría que él también se distingue por ser un profesional anterior a la basura. Simboliza una raza de periodistas en extinción: los que no se han vendido, los que no han negociado con la estupidez, los que no transan con las modas de turno y por ello mismo jamás pasarán al olvido. Su maestría y su señorío son la prueba de que no todo se ha ido por el caño.

Por eso, contra viento y marea debemos seguir aferrados a las cosas buenas de la vida. A fin de cuentas, siempre nos queda el consuelo de una sala a oscuras donde ver cine (esa otra escuela, esa otra patria), y a la salida de la película, como en los entusiastas y juveniles años en que estábamos aprendiéndolo todo, todavía podemos preguntarnos: ¿qué dirá Jorge en El País?, ¿qué dirá Jorge en El País?

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