Restricciones

A comienzos de los años 50, el peronismo prohibió en la Argentina el empleo de términos lunfardos en las letras de tango, buscando defender la pureza del idioma, con lo cual ese género debió ser cantado en un español más castizo que desfiguraba su espíritu y hasta la intención de algunas frases, por no hablar de la identidad de esa tradición musical y del estilo de sus intérpretes. Veinte años después, la dictadura uruguaya también resolvió controlar el lenguaje oral y escrito, prohibiendo al periodismo local el uso de ciertas palabras vinculadas a la guerrilla urbana, a la que sólo se podía aludir empleando vocablos autorizados por una lista oficial. Esas restricciones son características de regímenes ilusionados con la fantasía de dominar al prójimo y notorios por su intolerancia, rigidez que tarde o temprano se manifiesta en medidas que atentan contra la libertad de expresión y que poco a poco limitan muchos otros márgenes de maniobra en la conducta de los ciudadanos. El franquismo prohibió lenguas regionales como el catalán y el vasco. El nazismo prohibió libros, música y pintura de autores judíos. El stalinismo prohibió todo lo que se apartara de la doctrina estatal, desde poemas hasta películas, obras de teatro y manuales de historia.

Una prohibición es el mecanismo que, en general, utilizan los gobiernos cuando no confían en el beneficio de la persuasión, la enseñanza o el mejoramiento cultural de la población, que son otros caminos por los cuales puede lograrse un entendimiento general mucho más fecundo que la represión, con el agregado de que esta última suele tener el efecto de un boomerang y termina por estimular lo que pretendía combatir. Un ejemplo al respecto fue la Ley Seca que rigió en Estados Unidos entre la segunda y la cuarta década del siglo pasado, porque esa prohibición de producir, vender y consumir bebidas alcohólicas derivó no sólo en índices de dipsomanía mayores a los que se registraban anteriormente, generando de paso el consumo de brebajes clandestinos de pésima calidad, sino que además promovió las fortunas que amasaron los dueños de las destilerías ilegales. Otro ejemplo son las drogas, que están mundialmente prohibidas, cuyo consumo sin embargo no deja de crecer y expandirse, mientras crece también el flujo de millones que van a dar al bolsillo de los traficantes.

En ciertos casos, las razones que determinan una prohibición parecen indiscutibles. Nadie podrá cuestionar el efecto saludable que la veda del tabaco produce en los ambientes cerrados, aunque podrá en cambio reflexionar sobre las contradicciones de esa medida, que aplica su severidad mientras los mismos gobiernos que la han decretado toleran sin limitación alguna la espantosa contaminación ambiental que provoca el escape de autos y camiones, en especial la de motores viejos y sin ajustar. Como paradoja del simulacro purificador en que consiste esa guerra contra el humo, los empleados de oficinas de Nueva York -pongamos por caso- deben salir a fumar a unas veredas envueltas en el dióxido de carbono que lanza el tránsito callejero, con lo cual las ventajas de esa cruzada contra el cigarrillo quedan anuladas por la fuente de una polución mayor que las sepulta.

Aunque estén guiadas por los mejores propósitos, algunas prohibiciones no se salvan de mostrar una doble faz similar a la del puritanismo, cuya virtuosa fachada ha convivido a veces con un trasfondo menos límpido, cosa que ocurre en los contrastes señalados en torno del alcohol o las drogas y en el peligroso reverso -inseparable de la condición humana- consistente en el atractivo que a menudo ejercen las cosas prohibidas. La complejidad de esa condición enseña que no siempre es aconsejable exaltar formas ejemplares del comportamiento, porque su reverso puede dar sorpresas inesperadas. Si vamos al caso, Adolf Hitler era abstemio y además no fumaba, sin olvidar que también era un vegetariano de dieta inflexible, mientras su enemigo Winston Churchill comía desordenadamente, tomaba abundante alcohol y nunca dejaba de fumar sus cigarros. Debajo del mundo de las apariencias hay otro mundo.

El camino de las prohibiciones está sembrado de riesgos, como toda ruta en pendiente capaz de acelerar la velocidad de quienes la recorren, pasando de lo moderado a lo imprudente. Por eso el antitabaquismo uruguayo ha podido avanzar desde la respetable medida de no fumar bajo techo, a la delirante propuesta de colocar un velo sobre las páginas con publicidad de cigarrillos en toda revista que salga a la venta, lo cual ya está más cerca del fundamentalismo que de la salud pública. Es difícil frenar la fuerza de las prohibiciones cuando ese impulso se pone en marcha.

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