Es sabido que el Uruguay deportivo individual y colectivamente está fuera de competencia. Esto, que en el deporte de aficionados admite pocas pero rescatables excepciones por el esfuerzo aislado de protagonistas y dirigentes, es un problema de falta de recursos para preparar debidamente a nuestros representantes de manera de sustentar presentaciones por lo menos decorosas, carga que en otros países suele asumir el Estado o instituciones privadas. Este es otro problema. Pero en lo que refiere al deporte popular por excelencia el fútbol y especialmente a escala profesional, lo que sucedió el fin de semana pasada batió récords, si bien a la baja.
Fundamentalmente, el gran problema es el de siempre, el de la violencia. Hay clubes cuyas parcialidades albergan delincuentes peligrosos, en relación directamente proporcional a su número, en cualquier escenario, y agresivas y dañinas en otro que no sea el Estadio Centenario. En otros casos, que son variantes insólitas e inconcebibles, la reacción de parte de la parcialidad de otro club en su propio estadio frente a una decisión arbitral aparentemente fácil de explicar reglamentariamente pero imposible de hacerlo poniendo por delante el sentido común, ponen en evidencia una triple descalificación para el dirigente que reglamenta, para un árbitro de inexcusable imprudencia, y para técnicos y jugadores profesionales también, por no estar presente a la hora señalada en el campo de juego.
Vamos a este último caso, del cual hay escasos precedentes.
Fue tradicional en otros tiempos que los partidos de fútbol se fijaran para determinada hora, con unos minutos de tolerancia, de lo que se dejaba expresa constancia al fijar y publicitar el espectáculo. Esto se dejó de lado, no sabemos bien por qué razón, pero seguramente han influido dos factores. Uno, que la tolerancia no tiene sentido. La hora, para el comienzo de cualquier espectáculo público, debe ser una sola. Otro, la influencia de la televisión, que necesita distribuir los espacios para su público, de acuerdo a horarios predeterminados. No obstante, el reglamento debe admitir alguna modesta flexibilidad. Puede haber razones de fuerza mayor que imposibiliten el estricto respeto a los horarios de los partidos, por lo cual deberían contemplarse, como casos de excepción, algunas demoras razonables, como puede ser por ejemplo un atraso para el comienzo porque el ómnibus que transporta a los jugadores sufra un percance, como incidencias del propio juego que obliguen a jugar algunos minutos de prórroga.
Esos reglamentos son obras de hombres, no de semidioses. Pero si el reglamento no prevé excepciones está en quien debe aplicarlo -en el caso el árbitro del partido- hacer un uso sensato de sus facultades. Así, no es admisible que un minuto o minuto y medio de atraso en la salida de un equipo que tiene la disposición de jugar, dé motivo a un rapto de violencia intempestiva -porque esa fue la imprudencia condenable- de parte de quien, frente a un estadio lleno, debe comprender que la moderación le impone equilibrio en sus decisiones. Finalmente, parece una verdadera estupidez que técnicos y jugadores profesionales, debidamente advertidos de sus obligaciones de respetar al reglamento, hagan posible una demora incomprensible por arengarse en la manga de salida como si jugar un partido de fútbol fuera emprender una cruzada libertadora, o se atrasen para hacer posible el ingreso de las simpáticas pero innecesarias "mascotitas" o porque un jugador va a orinar.
Al acumularse groseramente estos tres factores de perturbación a la cordura, pasó lo que pasó… A esta altura ya no interesa ni la asignación o resta de puntos en juego, ni la dualidad de criterios de los árbitros, flagrante si se compara con lo sucedido en partidos del día anterior y en la mañana mismo del domingo, ni la de los Tribunales que imponen sanciones por agresiones a periodistas cuando el día anterior parcialidades de otro club lesionaron a policías y a funcionarios asignados a la venta de entradas.
Esto es una demostración más de la pérdida de valores que sufre nuestra sociedad. Se manifiesta a veces en el ámbito del deporte, pero trasciende a él, porque plantea directamente una evidencia de degradación cultural que no encuentra donde detenerse y que va a costar mucho revertir.
Da vergüenza comprobarlo y tenerlo que admitir.