Lectores

MARCELLO FIGUEREDO

Ahora que estamos a las puertas de septiembre y se avecinan los 90 años de El País (¿ya vieron la campaña publicitaria en televisión?, ¿ya reservaron el diario del próximo jueves?), comprenderán que estemos sensibles con el asunto y van a permitirme que dedique estas líneas a recomendarles con entusiasmo algo que viene muy a cuento: la exposición del fotógrafo uruguayo Panta Astiazarán, en cartel en el Centro Cultural de España.

Siempre he querido creer que la gente que anda con un diario bajo el brazo es mejor gente que la que no cultiva esa sana costumbre (desconfíen de las personas que se jactan de no leer periódicos, como de las casas sin libros), y la muestra de Panta, con sus lectores universales, ha terminado de convencerme. Hay algo de antihéroes entrañables en esos hombres y mujeres enfrascados en la lectura, encerrados en su propio mundo, a los que Astiazarán sorprende aquí y allá e inmortaliza para nosotros.

Sus estupendas Páginas Diarias están alimentadas, entre otros, por un gondolero veneciano ajeno a lo que sucede en el Gran Canal, una veterana parisina refugiada en el mejor asiento de su vagón del Metro y un mariachi agotado que descansa entre serenata y serenata en una plaza mexicana. Hay un beefeater de guardia en la Torre de Londres, que aprovecha la pausa entre un tour y otro para leer; una anciana que escudriña la página del journal mientras su marido se echa una siestita en el Jardín de Luxemburgo y un abuelo ya encorvado que tiende su diario al sol en Barcelona. Un marroquí concentrado en los caracteres árabes a bordo de un ómnibus rumbo a Essaouira, un artesano de Calcuta atento a las noticias del día, un hombre que hojea su periódico de espaldas a una cremación en un templo de Katmandú, un ciclista que detiene su marcha en Pekín para ponerse al día, un trío de policías que lee de pie en Varanasi, un gurú que mata el tiempo en una calle de Yangón mientras espera clientes y una pareja china que intenta informarse a la sombra de Mao. Figuran también un carioca que, en las inconfundibles veredas de Rio de Janeiro, sigue los avatares de otro carnaval con más violencia y menos ropa; un egipcio sentado olímpicamente con su diario en pleno mercado de camellos, una entrañable escena doméstica en casa del propio fotógrafo; y claro, un par de uruguayísimos parroquianos sumergidos en sábanas de tinta mientras el pocillo de café se enfría sobre el redondo mármol del Sorocabana.

Puedo contarles de qué se trata sin temor a traicionar al artista, porque nada empañará el disfrute de sus bellísimas imágenes, listas para ser miradas en Rincón 629 (de lunes a viernes entre las 11.30 y las 20, los sábados hasta las 18). Hay un sabroso adelanto en la página web de El País, pero la exposición vale una escapada hasta la Ciudad Vieja. En medio de la vulgaridad que nos acecha van a reconciliarse con el refinamiento, van a dar la vuelta al mundo sin salir de La Muy Fiel, y van a volver a casa, espero, convencidos como yo de que la gente es mejor si anda por la vida con un diario bajo el brazo.

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