Aristocracias: la ONU y los privilegios

JORGE ABBONDANZA

El antiguo edificio está crujiendo. Se trata del "orden mundial" tal como lo entendieron las potencias ganadoras de la guerra en 1945.

Esos países se repartieron áreas de influencia y también sillones de primera fila en el flamante organismo mundial que llamaron Naciones Unidas, en cuyo Consejo de Seguridad sólo han figurado Estados Unidos, el Reino Unido, la Unión Soviética (luego Rusia), China y Francia como miembros permanentes y con derecho a veto.

Semejante aristocracia internacional se ha mantenido inalterable durante 62 años, pero como la realidad es más movediza que esos privilegios, a esta altura convierte las facultades exclusivas del quinteto en una discriminación insostenible.

Las Naciones Unidas fueron creadas como el mayor ámbito mundial de debate que se haya conocido en la historia, para negociar por medios pacíficos todo conflicto que surgiera entre los países, y así evitar los desastres bélicos que habían barrido doblemente a la humanidad en la primera mitad del siglo XX.

Como se sabe, las Naciones Unidas fracasaron en ese cometido y han sido incapaces de impedir otras calamidades, desde Corea y Vietnam hasta Afganistán o Irak, quedando como la inoperante oficina de una burocracia internacional en cuyo órgano ejecutivo hay cinco países que siguen llevando la batuta. Pero el nuevo orden mundial ya no responde al viejo monopolio en el Consejo de Seguridad, donde debería haber sitio para otros miembros permanentes como Alemania y Japón, aunque también para grandes economías emergentes como India, Brasil, Sudáfrica o México.

Eso se considera desde hace años, pero nunca se resuelve porque a los mayores no les complace compartir su cuota de poder.

El desfasaje entre la realidad de todos y el privilegio de algunos, va más allá de la UN. Se repite por ejemplo en el G7, ese club de los países más desarrollados (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Japón, Francia, Italia y Canadá) al que se agregó Rusia luego del desmantelamiento de la URSS, convirtiéndolo en el G8. Insólitamente, allí no figura China a pesar de que su economía supera por lo menos a cinco de los integrantes del clan.

Son voceros chinos, justamente, los que señalan que el G8 representaba en 1997 el 65% de la economía mundial, pero actualmente equivale sólo al 58%.

Otro ejemplo de ese racismo entre las potencias puede comprobarse en organismos financieros como el Banco Mundial o el Fondo Monetario, cuya presidencia está eternamente en manos de norteamericanos o europeos.

No hay chinos ni hay indios en esas butacas, a pesar de que sus dos países contienen el 40% de la población del globo.

Astutamente, el G8 invitó durante su última reunión en Tokio a otros cinco países (China, India, Brasil, México y Sudáfrica) a una "sesión ampliada", demostrando que puede abrir el paraguas antes de que llueva.

Esos invitados no sólo aceptaron sino que mantuvieron su propio cónclave, denominándolo G5, para indicar a sus anfitriones que también ellos saben que la unión hace la fuerza. Como ha ocurrido a lo largo de la historia de las sociedades, en el ámbito mundial los nuevos ricos golpean ahora a la puerta de la vieja oligarquía y aspiran a ser admitidos en el salón para debatir los grandes asuntos. Falta saber cuánto demorarán los árbitros de siempre en abrir esa puerta y hacerlos pasar.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar