Julia Rodríguez Larreta
Pablo, de diecisiete y pico, lindo chico y mejor hijo por recibirse este año en el liceo con buenas notas, dejó a sus amigos en un "boliche" en la Ciudad Vieja y se dirigió a su casa. Quería ahorrar el dinero del taxi. Serían las 2:30 de un domingo reciente cuando caminaba, a buen paso, con las manos en el bolsillo, por 18 de Julio. Hacia frío, pero estaba abrigado y pensaba en el "picadito" que iba jugar a mediodía, seguido de un asado en lo de su abuelo. Pasó tranquilamente al lado de cuatro muchachos y dos chicas y sorpresivamente, recibió un fuerte golpe y zancadilla casi simultánea. Luego siguieron las patadas y el dolor. Se le nubló la vista. Cuando recobró el conocimiento, seguía tirado en la vereda. Se dio cuenta de que todavía conservaba el celular y llamó a su casa, pidiendo auxilio. Apenas se podía mover. Lo vinieron a buscar lo más rápido posible y lo llevaron al hospital. Descubrieron que tenía la mandíbula partida, además de varios dientes dañados. No le robaron ni dinero, ni las zapatillas o campera, prendas de las que había sido despojado en otras ocasiones. El móvil de la golpiza pudo haber sido simplemente la diversión del grupo que lo atacó o quizás, los victimarios vieron pasar algún auto que podría alertar a la policía y no le robaron. Ésta, dicho sea de paso, nunca apareció. La familia de Pablo, en vez de gozar de un día de descanso agradable, lo pasó en la sala de espera de un quirófano. Al margen del susto y los costos para sus humildes y dignos padres, su boca nunca será igual y su psiquis, difícil cuantificar en qué medida quedará afectada.
Magdalena estacionó su auto sobre Rivera, casi esquina Arocena a media mañana, como de costumbre pues trabaja allí enfrente. Al cruzar la calle, vio que se acercaba una moto que disminuía su velocidad. Sus ocupantes le parecían desorientados pues miraban de un lado a otro, como para preguntar una dirección, hasta que de pronto, intuyó el peligro. Volvió rápidamente sobre sus pasos y trató de meterse en su auto para escapar. Oyó el bramido del ciclomotor que maniobraba, mientras buscaba desesperada, las llaves en su cartera. Finalmente pudo abrir la puerta del auto, pero los de la moto ya subían a la acera. El de atrás le puso una pistola en la cabeza y le dijo: "Si no me das la cartera, te mato". Todo duró segundos, hasta que terminó el atraco. Pero el miedo, la sensación de indefensión, las molestias y la pérdida de tiempo siguieron varios días. En la cartera había algo de plata, las llaves de la casa, los documentos, la chequera, la tarjeta de crédito y débito, un nuevo celular (el anterior se lo habían arrebatado hacía menos de dos semanas), unos cheques con los cuales le habían pagado y que iba a depositar al banco, su agenda, su recetario. Vuelta a cancelar las tarjetas que, como sabemos, tiene su costo, pedirle a quienes libraron los cheques, frenar su pago y volver a emitirlos, gestionar la cédula y el registro de conductor. Cambiar las cerraduras. De ahora en más, tendrá que ver cómo hace para circular sin llevar nada de lo que le hace falta encima. Pero como es bastante impracticable, estará condenada a seguir siendo una víctima potencial de la delincuencia que campea en la ciudad, sin distinción de barrios ni de zonas. Y la sensación de inseguridad y de temor permanece aunque pasen los días.
Creo conocer muy pocas personas que no hayan sufrido ellas, o algún miembro de su familia próxima, un robo o rapiña en el último año. Muchísimos casos ya ni son denunciados, a no ser que lo requiera el seguro o por tener que gestionar nuevos documentos. Se pierde tiempo y del otro lado se percibe que están desbordados, que les faltan medios, que están mal pagos y desestimulados, tanto por el accionar judicial como por el de sus máximas autoridades. Y si la solución que ofrece el Ministerio del Interior es disminuir los requerimientos para entrar a la Policía, a ver si así se llenan las vacantes, en lugar de dignificar su labor con mejores retribuciones, capacitar debidamente y exigir rendimiento, la esperanza de que la sociedad se encuentre más protegida, se desvanece.
El aumento de la delincuencia es de un tenor que asusta, y los hechos mencionados son sólo la punta de un iceberg que avanza sin control, producto de una combinación de factores. Fallas en la ley procesal, en la legislación, en la forma de actuar de la justicia y, por sobre todo, la actitud de un gobierno cuya primera genialidad fue poner en libertad a cientos de presos para descongestionar las prisiones. Que dice no tener posibilidades para destinar mayores recursos a fin de mejorar el funcionamiento y las retribuciones de la Policía, pero destina millones de dólares (de nuestros bolsillos) a plantar caña de azúcar en un país con heladas, para desarrollar una industria económicamente inviable.
Todas las medidas sugeridas por la oposición, se descartan sin más. Es comprensible el desánimo entre las fuerzas del orden cuando, una y otra vez, el delincuente que han apresado, luego queda libre por cuestiones de forma, o al poco tiempo anda por la calle, volviendo a delinquir, gracias a las salidas transitorias. Frente al hacinamiento de la población carcelaria, inhumana y antirrecuperadora de los reos, hay que tener más prisiones y la alternativa de cárceles privadas, completas o parciales, como existen en otros países, no debería ser tabú.