Juan Martín Posadas
No sé qué día de la semana pasada se reunieron a conversar y a comer un asado Jorge Larrañaga y José Mujica en el pueblo Andresito, a orillas del lago de la represa de Palmar. Ese encuentro -en mi opinión auspicioso- despertó críticas, tanto de parte del Frente Amplio como de parte de integrantes del Partido Nacional. No encuentro fundamento para esas críticas. En un país tan dividido como ha quedado el Uruguay, este diálogo pacífico -hasta medio bucólico, si se atiende al entorno- merece, a priori, beneplácito.
El Partido Nacional no tiene nada que ver con el Frente Amplio. En igual sentido no tiene nada que ver con el Partido Colorado. Las mismas razones de realismo político y de sensatez que, en otros tiempos, llevaron a conversaciones, acuerdos y encuentros entre los dos partidos en que antaño se distribuían los orientales, el Partido Blanco y el Partido Colorado, ahora llevan a que se concreten entre los dos partidos que hoy son mayoritarios, el Frente Amplio y el Partido Nacional.
Todas las guerras civiles que el país conoció fueron entre blancos y colorados. Todos los acuerdos políticos que en el país se sellaron en el pasado también. Ni lo uno ni lo otro se explica por afinidades.
Se pacta y se acuerda con el adversario, con el que es distinto. Los iguales no necesitan acordar nada porque ya están de acuerdo. Y los que no tienen fuerza y no cuentan, tampoco.
Encuentros como el que estamos comentando no afectan las respectivas identidades partidarias porque no son complicidades para desorientar al votante. Cada partido sigue siendo lo que es.
Pero se trata de mirar al país, que es un todo, aunque una parte vote para un lado y la otra parte para el otro. Estos encuentros son, si se quiere, una manifestación político-aritmética: los votos se contabilizan y los números hablan.
Como dijo con acierto el Diputado Álvaro Delgado en reciente entrevista: "El Uruguay pos Frente Amplio no va a ser sin el Frente Amplio".
Tampoco se trata, creo yo, de una cuestión de coraje o guapeza; más bien es una cuestión de inteligente previsión. Hoy no se sabe qué partido va a ganar las próximas elecciones, pero sí se sabe que el que gane no tendrá mayorías propias; habrá coalición o no habrá gobierno posible.
Tampoco se sabe quién será Presidente, pero tanto Larrañaga como Mujica estarán donde se corta el bacalao. Siendo todo esto así ¿no es razonable que estos dos dirigentes conversen y compartan un asado? Larrañaga y Mujica han sido los dirigentes más votados de los dos partidos más votados. No son los únicos que tienen que conversar pero son los primeros.
Es obvio que estos movimientos tienen repercusiones y reverberan en la cancha en que ya se está jugando: las internas. No hay que chuparse el dedo. Pero aquellos que se sienten dejados afuera (o madrugados) no deberían bombardear algo positivo y necesario para el país, como lo son estos encuentros. Que busquen sus propios escenarios: si los eligen bien serán reconocidos y aplaudidos por la gente (que tiene bien claro qué es lo principal y qué lo accesorio).
Este encuentro de Andresito abre el horizonte para el futuro. No es un baño lustral que purifique pasados: sólo tiene valor para el futuro. Se trata de un cimiento para ir reconstruyendo un estilo civilizado en la política nacional. Toda la ciudadanía debería interpretarlo como un paso auspicioso para hacer posible el próximo gobierno, para hacerlo mejor, sea quien sea el partido que gane y el Presidente que resulte electo.