JORGE ABBONDANZA
Cuentan que cuando Doris Day y Rock Hudson actuaron juntos por primera vez en Problemas de alcoba (1959) el actor no tenía experiencia en el género de humor y subrayaba con grandes gestos las ocurrencias del diálogo. Más veterana, la actriz le señaló que la comedia había que interpretarla igual que un asunto serio, con gestos apenas visibles, porque ese control redobla la gracia de una situación o una frase, cuya chispa debe funcionar por sí sola y en cambio puede ser estropeada por la sobre actuación. Luego Hudson agradecería públicamente ese consejo, considerando que las indicaciones de Doris habían sido "una verdadera lección".
El episodio es interesante porque esa actriz nunca tuvo mayor prestigio y sin embargo lo que ocurrió con Hudson demuestra que conocía muy bien su oficio. Pero el caso también interesa porque alude a una de las reglas de oro de la comedia, que consiste en que el espectador descubra lo que el personaje parece ignorar y, de paso, maneja un principio valioso del género: una cara impávida puede ser mucho más festejable que un catálogo de muecas. Así lo demostró en el cine mudo la máscara inmutable de Buster Keaton, pero lo confirmaron después algunos famosos comediantes del sonoro en la época culminante del buen humor en la pantalla, como Edward Everett Horton en la larga galería de mayordomos que compuso.
Ahora que la televisión para abonados repone copiosamente unas cuantas comedias del viejo Hollywood, la puntería del consejo que Doris Day brindó a su colega puede comprobarse en lo que Cary Grant hacía por ejemplo en Ayuno de amor (1940, dir. Howard Hawks) donde reducía al mínimo toda expresividad facial frente a los desplantes de Rosalind Russell.
Algo parecido ocurría con Gary Cooper en El buen samaritano (1948, dir. Leo McCarey) donde superaba con gesto inmóvil los muchos tropiezos provocados por su personaje. Pero esa reserva también fue aplicada con resultados regocijantes por toda una oleada de comediantes británicos de ambos sexos, desde Alec Guinness o Peter Sellers hasta Kay Kendall o Maggie Smith, sin olvidar a gloriosas ancianas como Margaret Rutherford o Edith Evans. Volver a ver antiguas comedias es también un aprendizaje de las mejores normas en la materia. Los espectadores con larga experiencia podrán recordar la mirada lánguida o la cara imperturbable con que Carole Lombard en La comedia de la vida o Katharine Hepburn en Domando al bebé desafiaban a sus interlocutores. Últimamente el nivel de la comedia mundana ha decaído hasta desvanecerse, pero en otros tiempos era un festín. En una escena de Ninotchka (1939, dir. Ernst Lubitsch), Ina Claire quería burlarse en París de la comisaria soviética Greta Garbo, miraba su traje y le decía "Supongo que esa debe ser la moda de Moscú de este año". La otra le contestaba "No, es la del año pasado". Como corresponde, ninguna de las dos hacía el menor gesto para acompañar esas palabras.